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A raíz de los llamados de escucha mundiales realizados por el equipo de dirección del Movimiento de Lausana,[1] podríamos preguntarnos: ¿qué estamos escuchando exactamente? ¿Cómo estamos escuchando y (re)imaginando de tal manera que produzca un poder transformador? ¿Cuáles son los caminos y las características de la escucha profunda y la (re)imaginación que encarnamos como seguidores de Cristo? Hace treinta años, John Stott nos animó a ejercitar el arte de la «doble escucha»: de la palabra de Dios y del mundo de Dios.[2] Pero no articuló cómo es la postura de escuchar y (re)imaginar como un acto ingenioso que trae consigo múltiples transformaciones.

cultivar el arte de escuchar y (re)imaginar ante todo por la gracia del Espíritu a través de tres aspectos clave: lo verbal, el cuerpo y el silencio.

Este artículo invita a los líderes evangélicos a cultivar el arte de escuchar y (re)imaginar ante todo por la gracia del Espíritu a través de tres aspectos clave: lo verbal, el cuerpo y el silencio. Solo entonces podremos escuchar y responder colectivamente a quién es Dios y a lo que Dios está haciendo en el mundo y, en última instancia, participar en la misión mundial de Dios (missio Dei) en un mundo roto y dividido.

Sabiduría intercultural

La sabiduría ancestral de distintas tradiciones nos ofrece un tesoro inagotable en el arte de escuchar y (re)imaginar. Las comunidades aborígenes australianas han aprendido y practicado durante mucho tiempo la importancia de sentarse, aprender y conocer. Al dar la bienvenida a los invitados al festival de arte llamado «Yabarra-Dreaming in Light» en el Instituto Nacional de Cultura Aborigen de Tandanya, cantaron: “Estás invitado a sentarte en el wodli y ver lo que te rodea; lo que ves, lo empezarás a saber. Mira y escucha las formas de entender. . .”.[3]

Este tipo de escucha se encarna plenamente en sentarse, mirar y entender con paciencia para buscar no solo conocimiento, sino sabiduría para la vida cotidiana. La Australiana Sénior del Año 2021, Miriam-Rose Ungunmerr, habla de «aprovechar ese profundo manantial que llevamos dentro». El nombre de su tribu es Ngangikurungkurr, que significa «sonidos del agua profunda».[4] Los miembros de la tribu adoptan una postura de espera y escucha hasta que el «manantial profundo» brota de su interior.

Los antiguos chinos aprendieron que la participación de los cinco elementos compuestos forma una encarnación holística de «escuchar». La etimología china de la palabra «ting» (escuchar, 聽) ofrece un modelo constructivo compuesto por cinco elementos necesarios para escuchar: oídos para oír, ojos para ver, mente para pensar, corazón para sentir y un solo trazo para la atención plena:[5]

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Oídos (para escuchar); Ojos (para ver); Mente (para pensar); Corazón (para sentir); Atención plena (para centrarse)

Una escucha plenamente encarnada requiere respeto y honor hacia el otro, dejando a un lado los propios prejuicios, presuposiciones y proyecciones. Requiere «ponerse debajo» del otro para comprenderlo. Escuchar es, por tanto, un acto de humildad, vulnerabilidad y paciencia.

Lo verbal

Los evangélicos están familiarizados con la noción de escuchar a través de la Palabra de Dios debido al compromiso inquebrantable con la Escritura inspirada como normativa y autoritativa. Sin embargo, otras tradiciones cristianas pueden enriquecer nuestra imaginación e intimidad con Dios. La lectio divina («lectura divina»), un antiguo método de leer la Palabra en oración y pausadamente, puede ayudarnos a contemplar al Dios amoroso y a entrar en una comunión más profunda con él. El involucramiento contemplativo con la Escritura permite leer la Palabra, pero lo que es más importante, permite que la Palabra nos lea y responda a nuestros anhelos más profundos.

Necesitamos escuchar humildemente a los demás: a nuestros colegas, a las organizaciones asociadas, a los colaboradores en la misión y a aquellos a quienes servimos.

Las turbulencias de la pandemia, la guerra entre Ucrania y Rusia, la injusticia racial, el cambio climático y la recesión económica podrían compararse a la tormenta que vivieron los discípulos en el mar de Galilea (Marcos 4:35-41; Lucas 8:23-25). Activando nuestra imaginación, podemos preguntarnos dónde estamos nosotros y dónde está Dios en medio del viento y las aguas embravecidas. ¿Estamos en modo pánico, tratando frenéticamente de resolver las cosas, o estamos llamando con fe o desesperación al Maestro? ¿No le importa a Dios? El mero hecho de tener una conversación sincera puede llevarnos a la posibilidad de que nuestros corazones sean transformados por la gracia de Dios.

Necesitamos escuchar humildemente a los demás: a nuestros colegas, a las organizaciones asociadas, a los colaboradores en la misión y a aquellos a quienes servimos. Como líderes, tendemos a hablar más que a escuchar. Pero, ¿podría ser nuestra escucha la primera expresión de amor como testimonio hacia los demás, especialmente hacia los marginados, los que no tienen voz y los vulnerables? La misión autóctona y contextual debe surgir de un profundo sentido de la escucha y la imaginación en el terreno local, tanto entre nosotros como con aquellos a quienes servimos interculturalmente.

Un aspecto de la escucha que a menudo no se tiene en cuenta es nuestro diálogo interior. El diálogo interior alimenta nuestra identidad. La charla interna detrás de escena puede atraparnos en la tentación del autorrechazo o la compulsión, o elevarnos a un camino que nos dé vida. Cuando desenterramos nuestras voces interiores ante un Dios vivo, podemos nombrar, discernir y responder por el empoderamiento del Espíritu.

El cuerpo

La escucha de lo verbal va de la mano de la escucha del cuerpo. El cuerpo humano es sagrado, santo y totalmente en Cristo. No es simplemente un objeto, sino una persona y un sujeto. Es el vehículo en el que se transporta el espíritu, como el lienzo para un pintor y las palabras para un poeta. Escuchar el cuerpo es una tarea indispensable para honrarnos y dignificarnos a nosotros mismos y a los demás.

En el ministerio terrenal de Jesús, él escuchaba los gritos sinceros de la gente y discernía su fe observando sus acciones físicas (Lucas 5:18-20; 17:11-19). En el huerto de Getsemaní, escuchó el lenguaje corporal de sus discípulos mientras dormían y vio que «se les cerraban los ojos de sueño», por lo que discernió la debilidad de su carne (Mt 26:36-46). También escuchó el lenguaje corporal de sus oponentes para discernir los asuntos de sus corazones (Lucas 5:17-26; 7:36-40).

Cuando nos involucramos en el ministerio local o en la misión mundial, nuestra presencia física encarna la presencia de Dios.

Los líderes de hoy a menudo experimentan fatiga corporal y agotamiento cuando trabajan incansablemente en nombre de Cristo. Si hubieran prestado atención a las señales importantes del cuerpo, muchos episodios de agotamiento podrían haberse evitado en una fase temprana. Cuando nos involucramos en el ministerio local o en la misión mundial, nuestra presencia física encarna la presencia de Dios, simplemente siendo humanos, unos con otros, en el acto de encarnación. Al hacerlo, la conciencia profunda puede ser traída a la superficie a través del cuerpo y podemos experimentar el toque tangible de Dios.

La escucha del cuerpo puede extenderse a toda la creación. Martín Lutero afirmaba que Dios no escribe el evangelio solo en la Biblia, sino en los árboles, las flores, las nubes y las estrellas. Los pueblos indígenas tienen mucho que enseñarnos sobre la obra redentora de Dios para toda la creación y no solo para almas individuales. La tradición evangélica insiste en el importante mandamiento de predicar a todas las naciones (Mateo 28:18-20), pero ¿podemos permitir también que toda la creación de Dios nos predique mientras nos sentamos y escuchamos en el gran teatro de la gloria de Dios? El mundo natural puede ministrarnos y hablar un nuevo lenguaje de la bondad y la belleza de Dios.

El silencio

Muchos cristianos no se sienten cómodos con el silencio. Nuestras reuniones suelen estar llenas de sonidos, palabras y actividades. Pero el silencio es un importante lenguaje y comunicación del Dios de amor.

El silencio de Dios no significa necesariamente ausencia de movimiento, o que Dios no hable en el silencio. Puede ser la pausa preñada necesaria antes del nacimiento de una nueva era o de un avance sorprendente. El libro de 1 Samuel relata un incidente en el que Dios habló, pero el joven Samuel tardó cuatro veces en oírlo (1 Samuel 3:1-10). Tras una larga pausa, quienes esperaban pacientemente la llegada del Mesías, como Simeón y Ana, oyeron hablar a Dios en su comunión (Lucas 2:26; 37-38). Cuando los escribas y los fariseos llevaron a una mujer sorprendida en adulterio e interrogaron a Jesús, se habrían preguntado qué escribía en el suelo y qué intentaba comunicar en silencio (Juan 8:3-11). Las dos poderosas pausas (vv. 6 y 8) se convierten en momentos de silencio que invitan a los acusadores a tomar conciencia de sus propias vidas pecaminosas y, por tanto, a retirar los dedos que apuntaban hacia los demás.

Necesitamos escuchar el silencio de los espacios para que las alas del Espíritu vuelen alto en la vida cotidiana.

Mientras los líderes nos reunimos y escuchamos juntos, ¿estamos escuchando a Dios de una manera nueva en una nueva estación? Con todas nuestras preguntas y dudas, el silencio de Dios puede llevarnos a la comunión con Dios, que está con nosotros en todo nuestro sufrimiento, trae consuelo al que llora y se alegra con nosotros en los avances. Cuando Dios viene a nosotros en silencio, ¿podemos captar su revelación igual que cuando viene a nosotros con palabras? A veces, la mejor respuesta es darle forma a través de relatos, poesías o imágenes. Quizá sea precisamente en este espacio de silencio donde nuestra (re)imaginación puede elevarse y participar en la misión mundial de formas nuevas y frescas.

Necesitamos escuchar el silencio de los espacios para que las alas del Espíritu vuelen alto en la vida cotidiana. El espacio negativo de un cuadro o de una estructura arquitectónica hace que el contenido esté lleno, no vacío. El espacio silencioso fluye desde la superficie hacia el espectador para que éste lo interprete y encuentre sus palabras. Las pausas que se producen en la poesía nos llevan del mundo familiar a otro mundo no manifestado. Sin el espacio, no podemos tener la forma ni la verdad indecible. El silencio interno se expresa en la palabra «Selah» (סֶלָה) que aparece en los libros poéticos de la Biblia hebrea. Aunque la Septuaginta traduce la palabra como ‘división’, significa una pausa meditativa, una suspensión; detenerse, sopesar, escuchar.

Esperar en el silencio entre intercambios mientras hablamos con otro, intentamos recibir el impacto de las palabras del otro. La pausa para reverenciar lo sagrado del otro, sus pensamientos y sentimientos, nos permite «masticar y comer» el mensaje. El estado de kenosis[6] silenciosa nos permite ser un recipiente vacío, roto y abierto, listo para recibir la vida abundante de Dios, un lugar donde reside nuestro «nuevo yo» (Efesios 4:24).

Conclusión

Mientras el cuerpo mundial del Movimiento de Lausana se reúne, animémonos unos a otros a escuchar profundamente, discernir sabiamente y (re)imaginar creativamente en la misión policéntrica y “polivocal” de Dios.

¿Cómo sería para nosotros buscar la congruencia con el Dios vivo cultivando el arte de la escucha y la (re)imaginación sagrada? ¿Sería posible que el Cuarto Congreso de Lausana para la Evangelización Mundial, cuya celebración está prevista en Seúl en 2024, considere formas de escuchar y (re)imaginar, especialmente por medio del cuerpo y el silencio?

Cuando tenemos una postura abierta, desplazándonos intencionadamente y prestando atención al otro, el viento del Espíritu puede soplar más fuerte, y la queda vocecita de Dios puede susurrarnos más claramente en un momento como éste. Esto requiere sacrificio, que a menudo se asocia con la palabra «mártir», un término que originalmente significaba «testigo». Al encarnar el amor sacrificial uniéndonos para escuchar juntos al Oyente eterno y vivo, somos testigos del poder transformador del Espíritu en nosotros y a través de nosotros en un mundo caótico y polarizado.

Notas

  1. ‘The Evangelical Church Interacting between the Global and the Local: An Executive Summary of the Analysis of Lausanne 4 Listening Calls,’ Lausanne Movement, Dec 1, 2021, https://lausanne.org/l4/global-listening/the-evangelical-church-interacting-between-the-global-and-the-local.
  2. John R. W. Stott, The Contemporary Christian: An Urgent Plea for Double Listening (Leicester: Inter-Varsity Press, 1992).
  3. Dean Eland, ‘Eyes on the Street: See What is Around You,’ Loving the Neighbourhood, August 17, 2020, accessed 30th Sept 2022, https://lyn.unitingchurch.org.au/2020/08/.
  4. Miriam-Rose Ungunmerr, ‘Listening to Another,’ Compass Theological Review 22 (1988).
  5. ‘5 Listening Insights from the Chinese Character for Listening,’ SkillPacks, accessed 30th Sept 2022, https://www.skillpacks.com/chinese-character-listening-5day-plan/.
  6. Kenosis’ meaning ‘self-emptying of Christ’.

Xiaoli Yang es una teóloga, pastora, directora espiritual y poeta bilingüe australiana de origen chino. Es presidenta del comité ejecutivo de la Asociación Australiana de Estudios Misioneros y del consejo editorial de Australian Journal of Mission Studies. Ocupa puestos de investigación y supervisión de IDH en algunas universidades australianas y actualmente es profesora visitante en OMSC@PTS. Ha publicado numerosos trabajos, entre ellos su monografía doctoral A Dialogue between Haizi’s Poetry and the Gospel of Luke—Chinese Homecoming and the Relationship with Jesus Christ (2018 en inglés y 2022 en chino), la edición especial de Mission Studies 2022 sobre la identidad cristiana china y numerosas obras sobre teología intercultural, hermenéutica asiática y espiritualidad cristiana.