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El dolor y la crisis son ineludibles y, a menudo, perjudiciales para el liderazgo. ¿Cómo podemos empezar a ver el dolor no como el enemigo, sino como un amigo?

En una Conferencia Europea de Liderazgo celebrada hace unos años, el Dr. Michael Oh, director ejecutivo mundial y CEO del Movimiento de Lausana, mencionó la siguiente cita: «Más del 60% de los líderes no terminan».

Más del 60% de los líderes se dan por vencidos demasiado pronto, pierden la fe, lo echan a perder y caen profundamente.

No solo hablaba de no terminar bien, sino de no terminar en absoluto. Más del 60% de los líderes se dan por vencidos demasiado pronto, pierden la fe, lo echan a perder y caen profundamente.

Cuando escuché esta estadística, pensé que era exagerada. Pero entonces empecé a reflexionar sobre los líderes, incluida yo misma, que han estado a punto de darse por vencidos. Muchos líderes a mi alrededor se han rendido, han perdido la fe, han dejado sus matrimonios, han tenido una crisis nerviosa y, aún peor, se han suicidado.

El liderazgo y el dolor son dos caras de una misma moneda. Como líderes, nos involucramos con los demás y estamos dispuestos a llevar el peso de la responsabilidad. Pero no importa cuántas personas lo sigan como líder, habrá dolor de por medio.

Reflexionar y escribir sobre este tema me llevó al libro Leadership Pain, de Samuel R. Chand, quien menciona que, según estadísticas en los Estados Unidos, solo 1 de cada 20 pastores sigue en el ministerio basado en la iglesia cuando llega a la edad de la jubilación.

Esta cifra es bajísima. Aunque algunos pueden irse para buscar oportunidades de ministerio más allá de los muros de la iglesia, muchos lo hacen por causas relacionadas con el dolor. Y cada líder que no termina bien es, de por sí, demasiado. Al buscar seguir a Jesús y construir su reino, todos importan. ¡Todos son necesarios!

Estar en el liderazgo no es algo de lo que podamos presumir o estar orgullosos. Es, más bien, un enorme privilegio que Dios nos encomiende liderar. Se trata principalmente de seguir a Dios, y a través de eso, influir en otros para que lo sigan a él.

Si Dios lo llama a usted y a mí a liderar, no importa cuántas personas y cuán grande pueda llegar a ser su influencia, necesitamos abrazar este llamado y seguir liderando, incluso a través del dolor.

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Escollos en el liderazgo

Dan Allender, en su libro Leading with a Limp, describe seis grandes retos que los líderes deberán enfrentar. Ante todo, el solo hecho de que usted, como líder, enfrente uno o más de estos retos no dice nada sobre su vocación o don de liderazgo.

Veamos con más detalle las seis realidades que menciona Allender:

Crisis

La crisis es la erupción del caos y nos recuerda que no estamos en control. En la vida y en el ministerio ocurren cosas que nos brindan oportunidades de crecimiento, pero también nos llevan al límite, donde algunos no sobreviven.

Una crisis puede ocurrir internamente, cuando no podemos lidiar correctamente con nuestras dudas y cuestionamos a Dios, o externamente, cuando algo tan doloroso sucede a nuestras familias y seres queridos que nos deja totalmente destrozados.

Complejidad

Como líderes, tendremos que lidiar con valores, demandas y perspectivas que compiten entre sí. Tenemos todas estas posibilidades contrapuestas. Su ministerio crece y se vuelve complejo, su ministerio se minimiza y se enfrenta a la complejidad.

Esto seguramente puede dejarnos inseguros y vulnerables, y a menudo es muy difícil en esos momentos tomar las decisiones correctas.

Traición

Si lidera, tiene que ser consciente de que siempre tendrá un Judas o un Pedro en su equipo. Un día, algunos de sus amigos más cercanos pueden volverse contra usted por las razones que sean. Esto puede crear mucha amargura y llevarlo a preguntarse si invertir en personas es una pérdida de tiempo.

Incluso cuando pueda haber perdón, quedará una cicatriz. Esta realidad es uno de los mayores escollos para los líderes y hace que abandonen el ministerio.

Soledad

Pocas amistades pueden soportar que un amigo tenga más poder que otro. Cuanto más alto se llega, a menudo se tienen menos amigos. También se relaciona con cambios en relaciones familiares y amistades. Cuando uno lidera, siempre acabará decepcionando a alguien.

Allender escribe que, como líderes, tenemos que estar incluso dispuestos a ser odiados, ya que nunca podemos dejar a todos contentos. A la soledad puede añadirse la culpa de haber fracasado.

Cansancio

Cuando me encuentro con líderes después de algunos años, a menudo observo que su aspecto ha cambiado. Se han vuelto más canosos, tienen más arrugas y están más cansados.

Los líderes parecen tener una fecha de vencimiento más corta. Cargar con responsabilidad añade estrés a nuestras vidas. Llevar esperanza a pesar de las circunstancias puede costarnos mucha energía. Algunos de nosotros también hemos desarrollado un complejo de mesías y queremos salvar el mundo por nuestra cuenta.

Gloria

¿Quién se lleva la gloria al final? ¿Dios, el equipo o incluso el propio líder?

Una vez que haya tenido éxito y haya alcanzado los objetivos con su equipo, haya liderado un evento fantástico y juntos hayan escalado montañas espirituales, puede haber profundas luchas con la gloria y la fama.

Dios a menudo nos desafía entonces con otra dificultad para que tengamos que permanecer humildes y dependientes, dándonos cuenta de quién es digno de recibir todo el honor.

Abrazar el dolor en el liderazgo

Tal vez se pregunte por qué debería estar dispuesto a liderar o continuar liderando y tener que enfrentar estos retos y ser herido mientras sirve a Dios.

La visión del reino de Dios nos saca de la cama.

Simplemente no hay nada mejor que hacer lo que Dios nos llama a hacer. La visión del reino de Dios nos saca de la cama. Aunque pueda ser lo más difícil que haga jamás, espero que también encuentre que es lo más gratificante. Estar en la voluntad de Dios nos ayuda a hacer su voluntad, y a veces nos ayuda a volver a ella.

Hay varios pasos importantes para lidiar con el dolor en el liderazgo. No trate el dolor como su enemigo, sino como su amigo para el crecimiento. Pablo anima a su joven discípulo Timoteo a confiar en Dios y a terminar la carrera (2Ti 4:7), sobre todo manteniendo la fe. Dios no está interesado principalmente en que lideremos, sino en que lo amemos primero y por encima de todo. Por lo tanto, debemos abrazar el dolor en el liderazgo.

Cuatro lecciones sobre cómo liderar a través del dolor

Estas son algunas de las lecciones que aprendí al tener que lidiar con una grave crisis de liderazgo que tuve en 2016 y que me dejó fuera de juego durante casi todo un año. Experimenté la cercanía de Dios, ayuda a través de personas y una lenta sanidad, y mis cicatrices se han convertido ahora en una herramienta preciosa en mi caja de herramientas. He crecido, he fallado, estoy perdonada.

1. Repiense su teología sobre el dolor y el sufrimiento.

Aunque soy cristiana desde la infancia, a menudo me sorprendo al ver que estoy llevando un evangelio de bienestar dentro de mí. Subconscientemente, creo que, si trabajo para Dios, entonces todo irá bien. Dios estará orgulloso de mí y me bendecirá con cosas buenas.

Al leer el Nuevo Testamento, esto está muy lejos de la realidad. Viniendo de Occidente, a menudo necesito arrepentirme de esta forma distorsionada de afrontar el dolor como el mal y de pensar que no merezco tal desgracia. Los cristianos que siguen a Jesús necesitan estar diariamente dispuestos a soportar el dolor y llevar la cruz.

2. Encuentre un compañero de dolor.

Cuantos más líderes entrevisto que han superado con éxito sus desafíos, más veo que tienen un grupo de amigos líderes comprometidos que se apoyan mutuamente en las buenas y en las malas.

Están dispuestos a cuidarse mutuamente, a rendir cuentas y a compartir sus alegrías y luchas en un espacio seguro y sagrado de unos cuantos compañeros de dolor que se han comprometido a atravesar la vida juntos. La sanidad tiene lugar allí.

3. Busque un mentor: no recorra este camino solo.

Cuando soportamos situaciones de liderazgo o nos enfrentamos a momentos increíblemente exitosos, lo mejor es tener un ladero (“alongsider”, como los llama Ole-Magnus Olafsrud, del equipo de la GLJ) a su lado.

Un ladero o mentor lo ayuda a buscar a Dios en primer lugar y a establecer las prioridades correctas, y cuestiona el comportamiento impropio mientras siempre cree lo mejor para nosotros. Ore por alguien que le señale a Dios de forma amorosa y continua.

4. Soporte los espacios de transición.

A la mayoría de nosotros no nos gusta esperar, pero estos períodos de espera pueden convertirse en nuestros puntos de inflexión. Asegúrese de no perdérselos.

Habrá temporadas en su liderazgo en las que le costará discernir la voz de Dios o en las que no escuchará su susurro. Estos tiempos de estar en un desierto espiritual son los momentos en los que Dios puede encontrarse con nosotros más profundamente.

Decida quedarse en este espacio intermedio mientras no haya oído a Dios decir: «Sigue adelante». No busque formas de escapar de este espacio sagrado en el que Dios lo invita a quitarse el calzado y permanecer. A la mayoría de nosotros no nos gusta esperar, pero estos períodos de espera pueden convertirse en nuestros puntos de inflexión. Asegúrese de no perdérselos.

Sea lo que sea que funcione para usted, llegue a amar a Dios aún más. Los obstáculos y los retos en el liderazgo le ofrecen oportunidades únicas de crecimiento.

Lo animo a aceptar el dolor como parte de su historia de liderazgo y a desarrollar sus propias estrategias con Dios sobre cómo lidiar eficazmente con el dolor. El dolor puede ser increíblemente difícil de soportar, pero Dios está en medio de él y lo lleva junto con usted.

Photo Credit

Header illustration by Thomas Emmanuel Ayodele

Evi Rodemann es la presidenta de LeadNow y del equipo de grupos y encuentros de la Generación de Líderes Jóvenes del Movimiento de Lausana. Es autora del libro en alemán Scheitern erwuenscht – warum uns Krisen als Leitende wachsen lassen (traducido como Se busca el fracaso - Por qué la crisis nos permite crecer como líderes).

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