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Es posible que el estallido de la pandemia del COVID-19 constituya durante varias generaciones un punto de referencia para muchos esfuerzos, cuestiones e instituciones sociales, incluida la fe cristiana. Una de estas cuestiones está relacionada con las promesas bíblicas de prosperidad y bienestar, ya que afectan a cuestiones de salud y florecimiento. “Cuando tienes vida [implica buena salud], lo tienes todo» es un refrán popular africano que se ha introducido en la reciente predicación sobre la prosperidad. Además, hay muchos pasajes en la Biblia que prometen bienestar a quienes pertenecen a Dios y viven en obediencia a él (cf. Dt 28:1-14).

Quienes hablan de prosperidad en el contexto cristiano tienen razón en su postura de que los propósitos de Dios para la vida humana incluyen el florecimiento o lo que Jesús denominó «vida abundante», en contraste con la misión del «ladrón» de «robar, matar y destruir» (Jn 10:10).

Una poderosa ilustración del restablecimiento de la salud y el bienestar del ser humano proviene de la historia del hombre poseído por demonios en el capítulo 5 de Marcos. En esa historia, la vida del hombre se ha visto interrumpida por la posesión demoníaca al punto que «noche y día andaba por los sepulcros y por las colinas, gritando y golpeándose con piedras» (Mr 5:5). Se encuentra con Jesús, que expulsa los demonios y lo libera de la aflicción. Cuando los que se enteran del encuentro acuden a presenciar la escena, ven al hombre que había sido poseído por la legión de demonios «sentado, vestido y en su sano juicio» (Mr 5:15). Es un fuerte contraste con su estado anterior.

¿Cómo debemos esperar que alguien entienda el sufrimiento humano, ya sea como resultado de la guerra en Ucrania o de la pobreza, el hambre y la miseria en algunas partes de África? En las siguientes reflexiones, exploro las intersecciones entre la prosperidad bíblica y el florecimiento humano dentro de un contexto africano en el que la prosperidad, la salud y el bienestar no son simplemente categorías socioeconómicas, sino que llevan aparejadas implicaciones teológicas.

La transición de la aflicción demoníaca a la restauración ocurre en el poder del Espíritu Santo y subraya la naturaleza intervencionista de las formas teológicas pentecostales africanas de atención pastoral.

El contexto cristiano africano

En el contexto cristiano africano, especialmente dentro de las corrientes pentecostales/carismáticas de la fe, historias como la de Marcos 5 son apreciadas por las resonancias que tienen con las funciones de la religión en la sociedad. La transición de la aflicción demoníaca a la restauración ocurre en el poder del Espíritu Santo y subraya la naturaleza intervencionista de las formas teológicas pentecostales africanas de atención pastoral.

Ya sea en el país o en el extranjero, como observa Gerrie ter Haar, los africanos abordan las cuestiones de prosperidad, salud y bienestar desde concepciones metafísicas:

También en Europa, la mayoría de los cristianos africanos acuden a congregaciones de origen africano para encontrar la sanación espiritual de problemas que pueden experimentar en su nueva patria. La sanación espiritual es una forma de sanación religiosa en la que predomina el lenguaje espiritual. Es una característica sobresaliente de los viejos y nuevos tipos de iglesias de origen africano, como lo es de muchos nuevos movimientos religiosos en África, que practican métodos de sanación que resuenan con las ideas tradicionales de la enfermedad y otras manifestaciones del mal.[1]

Se considera que la misión y la evangelización cristianas cumplen un mandato divino cuando pretenden incluir el alivio del dolor y el sufrimiento, ya sea físico o espiritual, y la injusticia social sistémica en su mensaje de conversión en la salvación.

En un estudio reciente sobre las nociones de «principados y potestades» en Efesios dentro de la cosmovisión africana, Daniel K. Darko concluye que los cristianos africanos creen que «el Espíritu llena, guía y empodera a personas y comunidades para sobresalir en sus vocaciones, vidas personales y para vencer las fuerzas espirituales contrarias que pretenden sabotear su prosperidad».[2] En el contexto tradicional africano, el mal y el sufrimiento son cuestiones ontológicas, por lo que no es raro que se recurra constantemente a adivinos para que diagnostiquen las fuentes de aflicción y proporcionen los medios para neutralizarlas.[3]

Las oraciones, en el contexto cristiano africano, sirven para los mismos fines, como medio para tratar el mal y abrir el camino para experimentar el florecimiento divino. En este sentido, la salvación, correctamente entendida en el contexto cristiano africano, engloba el perdón de los pecados, la paz, la vitalidad y la salud, todo ello en un contexto de armonía cósmica, que se expresa mejor con la palabra hebrea shalom y la palabra africana ubuntu.[4]

Por ejemplo, en muchas sociedades africanas, la pandemia del Covid-19 se problematizó en términos de maldad metafísica. En consecuencia, la movilización de personas para orar y resistir su propagación se convirtió en una respuesta clave. Este sentido holístico de la salvación, que aúna la justificación en Cristo, el empoderamiento del Espíritu Santo y el florecimiento físico, es lo que ha llevado a la amplia aceptación de la espiritualidad pentecostal/carismática en el mundo no occidental. La teología cristiana africana no avala la orientación materialista de algunos predicadores de la prosperidad, pero las lecturas africanas de la Biblia dan cabida a las bendiciones físicas y espirituales de Dios que conducen al florecimiento como cumplimiento de la promesa divina.[5]

Mundos de poder y vitalidad

En el contexto africano, los sucesos negativos que amenazan la vida humana suelen atribuirse a fuentes sobrenaturales. El mal puede ser el resultado del pecado, la violación de tabúes, el descuido de las responsabilidades ancestrales y maldiciones. El mal también se produce a través de acciones de los principados y poderes negativos, como las brujas.

Por lo tanto, no debería sorprender que, en África, tantas personas «busquen constantemente un poder que las proteja de manera eficaz».[6] El poder que adquieren las personas les da la capacidad de «vivir y tener una vida abundante, estar sanos y evitar la pobreza y todas las demás desgracias que nos afligen a todos de vez en cuando».[7]

En el contexto africano, todas las formas de enfermedad y desgracia pueden estar relacionadas con la falta de poder, y es en la búsqueda del poder donde desplegamos los recursos religiosos. El poder espiritual es lo que permite a las personas tomar el control de cosas y situaciones contra las que, de otro modo, estarían indefensas. Por ejemplo, tanto los adivinos tradicionales como las iglesias independientes a menudo prometen poder o utilizan palabras asociadas con el poder en sus nombres.

El poder espiritual es lo que permite a las personas tomar el control de cosas y situaciones contra las que, de otro modo, estarían indefensas.

Por la misma razón, las lecturas africanas de la Biblia en el momento álgido de la pandemia se centraron mucho en aquellas partes que prometían protección divina, salud y vitalidad, como Salmos 91:1-3: «El que habita al abrigo del Altísimo se acoge a la sombra del Todopoderoso. Yo le digo al Señor: ‘Tú eres mi refugio, mi fortaleza, el Dios en quien confío’. Solo él puede librarte de las trampas del cazador y de mortíferas plagas”.

La mención de liberación de «mortíferas plagas» resonó en muchos cristianos africanos, porque un virus que afectó tanto a las naciones poderosas del mundo, con todos sus sofisticados sistemas médicos, no debe ser subestimado, sobrenaturalmente hablando.

En medio de la realidad del mal, y en la búsqueda de poder y vitalidad, todos nos vemos obligados a plantear la pregunta crítica: «¿Dónde está nuestro Dios?». Los negocios se han reducido y los ingresos domésticos se han visto afectados; la salud se ha deteriorado y muchos han muerto.

La búsqueda de poder y protección efectiva contra el mal es «la razón de la popularidad de los nuevos movimientos religiosos que prometen soluciones originales para los problemas contemporáneos», señalan Stephen Ellis y Gerrie ter Haar. “Así como se piensa que el daño lo causan quienes manipulan el mundo espiritual para sus propios fines egoístas, es al mismo ámbito al que la gente acude en busca de remedios eficaces, en forma de poderes y medicinas que puedan protegerlos y curarlos”.[8]

La pandemia y la vida cristiana

Al comienzo de la pandemia, se les dijo a las personas que, hasta que se lograran los avances científicos adecuados para una vacuna, nuestra ayuda debía basarse en los procedimientos no farmacéuticos de lavado e higienización frecuente de manos y espacios y la observancia del distanciamiento físico. Estos son contrarios al típico entorno africano tradicional, en el que la pobreza y el fuerte sentido de comunidad hacen imposible el distanciamiento físico y la negativa a dar la mano es un insulto. Entre los akan de Ghana, por ejemplo, negarse a dar la mano indica que hay asuntos que resolver.

Nuestra teología pública debe servir al bien público respondiendo a los que sufren frente al mal sin discriminación.

¿Cómo se propone la iglesia en África ofrecer liderazgo y atención pastoral durante las dificultades sociales y médicas que enfrentan los miembros promedio de la iglesia ahora y en los tiempos inciertos que se avecinan? ¿Qué decisiones y políticas debe implementar la iglesia para aconsejar, ofrecer atención pastoral de forma tangible y, cuando sea necesario, incluso apoyar materialmente a los demás? Y, si nos atenemos al principio de la parábola del buen samaritano, nuestras intervenciones eclesiales deben ser no discriminatorias. Nuestra teología pública debe servir al bien público respondiendo a los que sufren frente al mal sin discriminación.

La pandemia también ha afectado nuestra comprensión del cristianismo mundial y sus expresiones y respuestas contextuales, especialmente ante el enigma del mal. ¿Cómo explicamos las nociones cristianas de florecimiento durante el dolor, la enfermedad y el declive económico?

La pandemia del Covid-19 interrumpió permanentemente la forma de vivir y expresar la vida cristiana en la esfera pública. Se produjo en un momento del calendario cristiano en el que los cristianos de todo el mundo se preparaban para celebrar los principales hitos de la fe: la crucifixión, la resurrección, la ascensión y Pentecostés.[9] Tanto si estos hitos cristianos iban a ser celebrados en servicios religiosos, misas o como reuniones sociales, todas las reuniones presenciales tuvieron que ser abortadas.

La propagación del coronavirus afectó negativamente a la economía, trastocó la vida política y social, y también la religiosa. Cuando estas negatividades golpean en términos de aflicción, la gente busca respuestas. En este sentido, la teología debe servir al bien público y no ser domesticada para el consumo privado. Durante la pandemia, las promesas cristianas de salvación y liberación del mal se convirtieron en una de las principales fuentes de atracción a medida que la gente buscaba encontrarle sentido a la situación de la pandemia. Pero lo más importante es que el estallido de la pandemia desafió nuestra fe en cuanto a la relación entre la prosperidad y la salud, por un lado, y el dolor y el sufrimiento, por otro.

El corazón de la misión de la iglesia mundial es ser relevante para la vida humana y el mundo.

Reflexión para la iglesia mundial

Además de la persecución, que a menudo viene con la predicación del evangelio, el sufrimiento que surge de otras fuentes, incluidas las injusticias sociales, y el abuso de poder se han convertido en la suerte de muchas personas en todo el mundo. El corazón de la misión de la iglesia mundial es ser relevante para la vida humana y el mundo. La realidad del sufrimiento, por lo tanto, desafía a la iglesia mundial a crear nuevas estrategias e idear formas en las que la iglesia no solo predique la salvación en Cristo, sino que también viva la verdad del evangelio como lo hizo Jesús. Ser la sal de la tierra y la luz del mundo debería significar que la iglesia mundial trabaja para llevar esperanza y florecimiento a un mundo que necesita la intervención de Dios en las difíciles circunstancias de la vida humana.

Notas

  1. Gerrie ter Haar, How God Became African: African Spirituality and Western Secular Thought (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2009), 45.
  2. Daniel K. Darko, Against Principalities and Powers: Spiritual Beings in Relation to Communal Identity and the Moral Discouse of Ephesians (Carlisle, Cumbria: Hippo Books, 2020), 198.
  3. Laurenti Magesa, African Religion: The Moral Traditions of Abundant Life (Maryknoll, NY: Orbis Books, 1997).
  4. Magesa, African Religion.
  5. Nota del editor: Ver el artículo de J. Kwabena Asamoah-Gyadu “El Evangelio de la prosperidad y su reto para las misiones hoy” en el número de julio 2014 del Análisis Mundial de Lausana https://lausanne.org/es/contenido/aml/2014-07-es/el-evangelio-de-la-prosperidad-y-su-reto-para-las-misiones-hoy
  6. Stephen Ellis and Gerrie ter Haar, Worlds of Power: Religious Thought and Political Practice in Africa (London: Hurst and Co., 2004), 95.
  7. Ellis and ter Haar, Worlds of Power, 97.
  8. Ellis and ter Haar, Worlds of Power, 95.
  9. Nota del editor: Ver el artículo de J. Kwabena Asamoah-Gyadu “El calendario cristiano y el COVID-19” en el número de septiembre 2020 del Análisis Mundial de Lausana https://lausanne.org/es/es-05/el-calendario-cristiano-y-el-covid-19

Photo credits

Photo by Magda Ehlers: https://www.pexels.com/photo/brown-map-on-map-2660262/

J. Kwabena Asamoah-Gyadu es profesor de la cátedra Baëta-Grau de cristianismo africano y teología pentecostal/carismática en Trinity Theological Seminary en Legon (Ghana). También es presidente del seminario y miembro del Consejo Asesor Editorial del AML.

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