Nota del editor: El presente Texto Previo para Ciudad del Cabo 2010 fue escrito por Tim Keller como una reseña del tema que se tratará en la sesión Plenaria Vespertina sobre “Megaciudades” y la sesión Multiplex sobre “Cómo ser partícipe de la misión urbana global de Dios”. Los comentarios a este artículo realizados a través de la Conversación Global de Lausana serán remitidos al autor y a otras personas para ayudar a dar forma a su presentación final en el Congreso.

¿Qué es una ciudad?

Hoy día, una ciudad se define casi exclusivamente por el número de sus habitantes. Los centros urbanos con mucha población se llaman “ciudades”, los que tienen menos se llaman “pueblos” y los más pequeños son “aldeas”. Sin embargo, no debemos imponer nuestro uso actual al término bíblico. La principal palabra hebrea para “ciudad”, ayár, significa cualquier poblado humano rodeado por alguna fortificación o muro. La mayoría de las ciudades antiguas tenían una población de apenas mil a tres mil personas. En la Biblia, “ciudad” no significaba tanto tamaño de población sino densidad. Salmos 122:3 se refiere a esta densidad: “Jerusalén, que está edificada como ciudad compacta, bien unida” (La Biblia de las Américas). (1) La palabra que se traduce como “compacta” significaba “estrechamente entrelazada y unida”. En una ciudad fortificada, las personas vivían cerca unas de otras, en casas y calles sumamente comprimidas. De hecho, se estima que la mayoría de las ciudades antiguas tenían entre dos y cuatro hectáreas, con 600 habitantes por hectárea. En comparación, el distrito de Manhattan en la ciudad de Nueva York tiene hoy sólo 260 habitantes por hectárea. (2)

Así que, antiguamente, una ciudad era lo que hoy llamaríamos un poblado humano transitable “de usos múltiples”. Debido a la densidad de la población, había lugares donde vivir y trabajar, donde comprar y vender, donde dedicarse al arte y disfrutarlo, donde adorar y buscar justicia; y todo muy cerca. En tiempos antiguos, las zonas rurales y las aldeas no podían brindar todos estos elementos; y en nuestros tiempos modernos, el “suburbio” evita deliberadamente este patrón poblacional. Los suburbios están dedicados claramente a zonas de uso único, de modo que los lugares donde vivir, trabajar, jugar y aprender están apartados entre sí y sólo alcanzables en automóvil, generalmente atravesando zonas hostiles para peatones.

Lo que hace que una ciudad sea una ciudad es la proximidad. Reúne personas y, por lo tanto, residencias, lugares de trabajo e instituciones culturales. Crea los mercados y la vida en las calles, dando lugar a más interacciones e intercambios persona a persona en un día que cualquier otro lugar. A esto se referían los escritores bíblicos cuando hablaban de una “ciudad”.

La misión urbana en la Biblia

Jerusalén

En la primera parte del Antiguo Testamento, la importancia redentora de la ciudad estaba en Jerusalén como un modelo de sociedad urbana –“[…] el gozo de toda la tierra […]” (Sal 48:2)– demostrando al mundo cómo podría ser la vida humana bajo el señorío divino. Muchos han hablado del flujo “centrípeto” de la misión durante esta era. Dios llamaba a las naciones a creer en Él atrayéndolas hacia adentro, para ver su gloria encarnada en Israel, la nación santa que había creado, cuya vida corporativa mostraba al mundo el carácter de Dios (Dt. 4:5-8). Sin embargo, el libro de Jonás presagia en forma dramática un cambio sustancial: la misión “centrífuga” neotestamentaria, que enviaría a los creyentes hacia afuera, hacia el mundo. Jonás es el único profeta del Antiguo Testamento que fue enviado a una ciudad pagana para llamarla al arrepentimiento. La declaración final de Dios es llamativa: le dice a Jonás que ame a la gran ciudad pagana de Nínive por la enorme cantidad de habitantes que están ciegos espiritualmente (Jon. 4:10-11).

Babilonia

Este cambio de centrípeto a centrífugo alcanza otra etapa cuando Israel es llevado al exilio. Los judíos son llevados a vivir en la malvada, pagana y sanguinaria ciudad de Babilonia. ¿Cuál es la relación de los creyentes con un lugar así? Jeremías 28­–29 nos muestra una notable descripción de la postura de un creyente hacia la ciudad. Dios dice a su pueblo: “[…] multiplicaos ahí, y no os disminuyáis” (Jer. 29:6). Les dice que mantengan su identidad comunitaria distintiva y que crezcan, pero también les dice que se establezcan y participen en la vida de la gran ciudad. Deben edificar casas y plantar huertas. Lo más llamativo es que Dios los llama servir a la ciudad, diciéndoles “[…] procurad la paz de la ciudad […] y rogad por ella a jehová […]” (Jer. 29:7). No debían simplemente multiplicar su tribu convirtiéndola en un gueto dentro de la ciudad, sino que debían usar sus recursos en beneficio del bien común.

¡Qué equilibrio! Los valores de una ciudad terrenal contrastan marcadamente con los de la ciudad de Dios, pero los ciudadanos de la ciudad de Dios deben los mejores ciudadanos de sus ciudades terrenales. Dios llama a los exiliados judíos a servir al bien común de la ciudad pagana. También tiene una meta muy práctica: trabajar por el bien de la ciudad pagana es la mejor forma posible para que el pueblo de Dios progrese y prospere: “[…] porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad” (Jer. 29:7, NVI). Dios seguía interesado en su plan de salvación, el establecimiento de su pueblo; y eso fue exactamente lo que ocurrió. Debido a que los judíos se instalaron y buscaron la paz de la gran ciudad pagana, acumularon la influencia y el efecto multiplicador necesarios para volver y restaurar su patria en su momento. Por otra parte, hubo judíos que permanecieron algo dispersos entre las ciudades del mundo como un grupo étnico cosmopolita e internacional que se convirtió en una base fundamental para la difusión del mensaje cristiano después de Jesús.

Extranjeros residentes

¿Existe alguna razón para creer que el modelo de Israel en Babilonia deba servir como el modelo para la iglesia? Sí. En el exilio, Israel dejó de existir en la forma de una nación-estado, con su propio gobierno y sus propias leyes. En cambio, existió como una comunidad internacional y una contracultura dentro de otras naciones. Esta es ahora la forma de la iglesia, como lo reconocen Pedro y Santiago al dirigirse a los creyentes como “[…] la dispersión […]” (Stg. 1:1) y “[…] los expatriados de la dispersión […]” (1 P. 1:1). Pedro usa dos veces la palabra parepídhmos para referirse a los exiliados –“extranjeros residentes”–, personas que viven en un país no como nativos ni como turistas de paso. Pedro llama a los cristianos a vivir en medio de la sociedad pagana de forma tal que los demás “[…] observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios […]”, pero les advierte que igual deben esperar persecución (1 P. 2:11-12, NVI). Es evidente el eco de Jeremías 29. Como los exiliados judíos, los exiliados cristianos deben involucrarse en sus ciudades, trabajando por el bien común en vez de conquistarlas o ignorarlas. Deben esperar que la sociedad que los rodea sea a la vez hostil y también se vea atraída por la vida y el servicio de los creyentes en la ciudad. Pedro indica que las buenas obras de los creyentes harán que por lo menos algunos paganos glorifiquen a Dios.

En “Soft Difference”, su artículo sobre 1 Pedro, Miroslav Volf muestra cómo la tensión que avizoró Pedro (entre la persecución y la atracción, y entre el evangelismo y el servicio) no encaja perfectamente en ninguno de los modelos históricos que relacionan a Cristo con la cultura. (3)A diferencia de modelos que exigen una transformación de la cultura o piden una alianza entre la iglesia y el estado propios del tiempo de la cristiandad, Pedro espera que el evangelio sea siempre altamente ofensivo, nunca admitido o aceptado plenamente por el mundo. Esta es una nota de advertencia para los evangélicos y los cristianos de las iglesias establecidas que esperan generar una cultura esencialmente cristiana. Y, a diferencia de los modelos que proponen exclusivamente el evangelismo y son sumamente pesimistas acerca de la posibilidad de influir en la cultura, tanto Pedro en 1 Pedro 2:12 como Jesús en Mateo 5:16 esperan que algunos aspectos de la fe y la práctica cristianas sean altamente atractivos en cualquier cultura pagana, influenciando a las personas para que alaben y glorifiquen a Dios. (4)

Samaria y lo último de la tierra

La iglesia vive como una comunidad internacional y dispersa de congregaciones, como Israel durante el exilio. En Hechos 8 vemos la manera en que Dios dispersa por la fuerza a los cristianos de Jerusalén, dando así un enorme impulso a la misión cristiana. Ellos fueron inmediatamente a Samaria, una ciudad que el pueblo judío había aprendido a despreciar tanto como Jonás despreció a Nínive, o los judíos a Babilonia. Pero, a diferencia del profeta o los exiliados reacios, los cristianos cambiados por el evangelio comenzaron inmediatamente a participar en la misión urbana en Samaria (vea Hechos 8:1ss).

Cuando llegamos finalmente a la iglesia primitiva, vemos que la misión redentora de Dios ya no se centra en ninguna ciudad específica, como Jerusalén o Babilonia. Todas las ciudades del mundo se vuelven cruciales. En Hechos 17, Pablo va a Atenas, el centro intelectual del mundo grecorromano. En Hechos 18, viaja aCorinto, uno de los centros comerciales del imperio. En Hechos 19, llega a Éfeso, tal vez el centro religioso del mundo romano, en su carácter de centro neurálgico de muchos cultos paganos y especialmente del culto imperial, con tres templos para la adoración del emperador. Cuando llegamos al final de Hechos, Pablo logra llegar a Roma, la capital de poder del imperio, el centro militar y político de ese mundo. John Stott concluye: “Al parecer, la política deliberada de Pablo era ir resueltamente de una ciudad estratégica a la otra”. (5) Al llegar a la ciudad, Pablo llegaba a toda la sociedad, según muestra la carta a los Colosenses. En esta carta, Pablo hace el seguimiento de discípulos en las ciudades a lo largo del valle del Lico: Laodicea, Hierápolis, Colosas (Col. 4:13-16), aun cuando no había estado en esos lugares personalmente. Es probable que estos discípulos se convirtieran a través del ministerio en Éfeso. Si el evangelio se desarrolla en el centro urbano, uno alcanza la región y la sociedad.

Las razones de la gran eficacia del ministerio urbano pueden resumirse de la siguiente forma:

  • Las ciudades son cruciales culturalmente. En la aldea, alguien podría ganar para Cristo al único par de abogados allí, pero si uno quiere ganar a la profesión del derecho es necesario ir a la ciudad, con sus facultades de derecho, sus editores de revistas de derecho, etc.
  • Las ciudades son cruciales globalmente. En la aldea, alguien puede ganar al único grupo de personas que vive allí, pero si uno quiere difundir el evangelio a diez o veinte nuevos grupos nacionales o idiomas a la vez es necesario ir a la ciudad, donde podrán ser alcanzados todos mediante la única lengua franca del lugar.
  • Las ciudades son cruciales personalmente. Con esto quiero decir que las ciudades son lugares inquietantes. El campo y la aldea se destacan por la estabilidad, y sus habitantes tienen costumbres más arraigadas. Debido a la diversidad y la intensidad de las ciudades, los residentes de las urbes están mucho más abiertos a nuevas ideas: ¡como el evangelio! Al estar rodeados por tantas personas similares y también personas diferentes de ellos, y al contar con una movilidad mucho mayor, los habitantes urbanos están mucho más abiertos al cambio y a la conversión que cualquier otra clase de habitantes. Independientemente de los motivos que podrían tener para mudarse a la ciudad, una vez que llegan al lugar la presión y la diversidad hacen que aun las personas más tradicionales y hostiles estén abiertas al evangelio.

La iglesia primitiva fue principalmente un movimiento urbano que ganó a las personas de las ciudades romanas para Cristo, mientras que la mayor parte del campo siguió siendo pagano. Sin embargo, como la fe cristiana capturó a las ciudades, terminó por capturar a la sociedad, como debe ocurrir siempre. Rodney Stark desarrolla esta idea en The Rise of Christianity.

A ciudades llenas de personas sin vivienda y empobrecidas, el cristianismo ofrecía caridad además de esperanza. A ciudades llenas de recién llegados y extraños, el cristianismo ofrecía una base inmediata para hacer vínculos. A ciudades llenas de viudas y huérfanos, el cristianismo brindaba un nuevo y ampliado sentido de familia. A ciudades desgarradas por violentas luchas étnicas, el cristianismo ofrecía una nueva base para la solidaridad social […]. Las personas habían estado soportando catástrofes durante siglos sin la ayuda de la teología o las estructuras sociales cristianas. Así que de ninguna forma estoy sugiriendo que la aflicción del mundo antiguo produjo la llegada del cristianismo. Lo que sí voy a sostener es que una vez que apareció el cristianismo, su capacidad superior para enfrentar estos problemas crónicos pronto se hizo evidente y jugó un papel importante en su triunfo final […] [porque lo que los cristianos] trajeron no fue simplemente un movimiento urbano, sino una nueva cultura. (6)

La misión cristiana conquistó al antiguo mundo grecorromano porque conquistó las ciudades. (7) Las élites, fueron importantes, por supuesto, pero la iglesia cristiana no se centró sólo en ellas. Entonces, como ahora, las ciudades estaban llenas de pobres, y el compromiso de los cristianos con los pobres era visible y sorprendente. En todas las ciudades, los cristianos cambiaron la historia y la cultura al ganar a las élites además de identificarse profundamente con los pobres. Richard Fletcher, en The Barbarian Conversion, muestra que lo mismo ocurrió durante la misión cristiana a Europa entre 500 y 1500 d.C. (8) 

La misión urbana hoy

La creciente importancia de las ciudades

En 1950, Nueva York y Londres eran las únicas ciudades del mundo con más de 10 millones de personas en áreas metropolitanas. (9) Hoy, sin embargo, hay más de veinte de estas ciudades, doce de las cuales lograron esta categoría en las últimas dos décadas,(10) y habrá muchas más en el futuro. Las ciudades del mundo se están volviendo cada vez más poderosas económica y culturalmente. Son las sedes de corporaciones multinacionales y redes internacionales económicas, sociales y tecnológicas. La revolución tecnológica y de las comunicaciones significa que la cultura y los valores de las ciudades globales se transmiten ahora por todo el globo a toda lengua, tribu, pueblo y nación. Los chicos del estado de Iowa y aun de México se están pareciendo más a adultos jóvenes de las ciudades de Los Ángeles y Nueva York que a los adultos de sus propios lugares. El orden mundial venidero será un orden global, multicultural y urbano. Las ciudades del mundo son cada vez más cruciales cuando se trata de fijar el curso de la cultura y de la vida como un todo, aun en áreas del mundo, como Europa y los EE.UU. de Norteamérica, donde, estrictamente hablando, las ciudades no están creciendo en tamaño. (11)

Hay una segunda razón por la que las ciudades del mundo son tan importantes para la misión cristiana. Los millones de recién llegados a ciudades florecientes tienen características que los convierten en personas mucho más abiertas a la fe cristiana que antes de su llegada. En primer lugar, están más abiertas a ideas nuevas y al cambio en general luego de sufrir el desarraigo de entornos tradicionales. En segundo lugar, necesitan mucha ayuda y apoyo para enfrentar las presiones morales, económicas, emocionales y espirituales de la vida en la ciudad. Las viejas redes de apoyo familiares de las áreas rurales son débiles o están ausentes, mientras que en los países en vías de desarrollo a menudo tienen “prácticamente nada en cuanto a servicios gubernamentales que funcionen”. (12)  Por otro lado, las iglesias ofrecen una comunidad solidaria, una nueva familia espiritual y un mensaje del evangelio que es liberador. “Una rica cosecha aguarda a cualquier grupo que pueda satisfacer las necesidades de estos nuevos habitantes de las urbes, para cualquiera que pueda alimentar simultáneamente el cuerpo y el alma”. (13)

La necesidad de iglesias contextuales.

Sin embargo, existe una gran barrera para la misión urbana que no está en las ciudades mismas ni en los residentes urbanos, sino en la iglesia. La sensibilidad de la mayoría de las iglesias y líderes evangélicos es a menudo no urbana o aun antiurbanas. Muchos métodos de ministerio han sido forjados fuera de áreas urbanas y luego simplemente importados, pensando poco en las barreras innecesarias que esto erige entre los habitantes urbanos y el evangelio. Cuando estos ministros van a una ciudad y establecen un ministerio, les cuesta evangelizar y ganar a los habitantes urbanos. También les resulta difícil preparar a los cristianos para vivir en un entorno pluralista, secular y de mucha participación cultural. Así como la Biblia necesita ser traducida al idioma vernáculo de los lectores, el evangelio necesita ser encarnado y comunicado de formas que sean comprensibles para los residentes de una ciudad. ¿Cuáles son algunas de las características de una iglesia contextualizada y que es autóctona de una ciudad?

En el ministerio urbano, las personas son conscientes de las marcadas diferencias culturales entre diferentes grupos raciales/étnicos y clases socioeconómicas, mientras que las personas que viven en lugares más homogéneos (y cualquier lugar es más homogéneo culturalmente que una ciudad grande) a veces no son conscientes de la cantidad de sus actitudes y costumbres que son muy específicas de su raza y de su clase. En síntesis, los líderes eficaces de iglesias urbanas deben estar mucho más capacitados y conscientes de los puntos de vista y las sensibilidades de los diferentes grupos étnicos, clases, razas y religiones. Los habitantes de las urbes saben cuán frecuentemente los miembros de diferentes grupos raciales pueden usar exactamente la misma palabra para indicar cosas muy diferentes. En consecuencia, son muy discretos y cuidadosos al abordar temas que los grupos raciales ven de forma muy diferente.

Segundo, los ministerios evangélicos tradicionales tienden a prestar relativamente poca ayuda a los creyentes para que entiendan cómo pueden mantener su práctica cristiana fuera de las paredes de la iglesia mientras participan en el mundo de las artes y el teatro, el comercio y las finanzas, el conocimiento y el aprendizaje, el gobierno y las políticas públicas. Lejos de las grandes ciudades, tal vez sea posible vivir la vida en compartimientos, con un discipulado cristiano que consiste mayormente en actividades realizadas de noche o en fines de semana. Esto no funciona en las ciudades, donde las personas viven la mayor parte de su vida dedicadas a sus carreras o trabajando largas horas.

Tercero, la mayoría de las iglesias evangélicas tienen una cultura colectiva de clase media. La gente valora la privacidad, la seguridad, la homogeneidad, el sentimentalismo, el espacio, el orden y el control. En contraste, la ciudad está llena de personas irónicas, nerviosas, amantes de la diversidad, con una tolerancia mucho mayor a la ambigüedad y el desorden. Si los ministros de una iglesia no pueden funcionar en una cultura urbana, creando en cambio una especie de “complejo misionero” no urbano dentro de ella, descubrirán que no pueden evangelizar, convertir ni incorporar a muchas personas de sus barrios.

Cuarto, la iglesia no urbana suele estar situada en un barrio relativamente funcional, donde los sistemas sociales son fuertes o al menos están intactos. Sin embargo, los barrios urbanos son muchísimo más complejos que otros tipos de barrios, así que los líderes urbanos eficaces aprenden a interpretar estos barrios. Además, las iglesias urbanas no interpretan sus barrios simplemente para señalar a grupos humanos como objetivos evangelísticos, si bien esa es una de sus metas. Buscan formas de fortalecer la salud de sus barrios, haciéndolos lugares más seguros y humanitarios para vivir. Esto es buscar el bienestar de la ciudad, según el espíritu de Jeremías 29.

Las iglesias liberales tradicionales a menudo perciben la misión estrictamente en términos de mejoras sociales. Su meta es hacer que la ciudad sea una sociedad más justa y humana, trabajando por la justicia económica y social, y por el bien común. Esto es parcialmente correcto. Las iglesias conservadoras tradicionales generalmente perciben la misión estrictamente en términos de crecimiento de la iglesia. Su meta es crecer y agrandar la iglesia de Dios dentro de la ciudad, aumentando la cantidad de conversiones y, en consecuencia, el poder de las iglesias. Esto es parcialmente correcto. Sin embargo, estas dos cosas deben ser combinadas, porque cualquiera de ellas aislada se desvanecerá. Uno no puede realmente servir a la ciudad sin un flujo constante de nuevos conversos, cambiados y dotados de poder como resultado de una experiencia de gracia: el nuevo nacimiento. Por otra parte, el crecimiento de la iglesia se frenará estrepitosamente si las iglesias están llenas de personas que ignoran o son hostiles hacia el bien común de sus vecinos. Una iglesia que sólo “hace el bien” a la familia de la fe, y no a “todos” (Gá. 6:10) será vista (¡con razón!) como tribal y sectaria. Si los paganos no “ven sus buenas obras” no “glorificarán a Dios” o, al menos, no con la misma intensidad. Irónicamente, si las iglesias urbanas ponen todas su energías en el evangelismo y ninguna en atender las necesidades de la ciudad, su evangelismo será mucho menos eficaz. Una experiencia de gracia lleva inevitablemente a una vida derramada en acciones de servicio a los necesitados (Is. 1:10-18; 58:1-10; Stg. 2:14-17). Dios dijo a los israelitas que debían servir las necesidades de los “extranjeros” pobres –extranjeros que podrían ser no creyentes– porque una vez ellos fueron extranjeros en Egipto, pero Él los liberó (Dt 10:19). Una experiencia de gracia siempre debe impulsarnos a amar especialmente a nuestro vecino pobre y no creyente.

Bíblicamente, una experiencia de gracia salvadora a través del evangelismo conduce a compartir la riqueza y ayudar a los necesitados de una forma radical. Y cuando el mundo vea este compartir, que no hay en la comunidad “ningún necesitado” (Hch. 4:34) el testimonio evangelístico será más poderoso (Hch. 4:33). Así que hacer justicia y predicar la gracia van de la mano, no sólo en la experiencia del cristiano individual, sino también en el ministerio y la eficacia de la iglesia urbana.

Es necesario un movimiento para alcanzar una ciudad

Alcanzar toda una ciudad requiere más que tener algunas iglesias eficaces en ella o aun tener el estallido de energía de un avivamiento y nuevos conversos. Cambiar una ciudad con el evangelio requiere un movimiento de crecimiento natural autosustentable de ministerios y redes alrededor de un núcleo de multiplicación de nuevas iglesias.

¿Qué aspecto tiene esto? Los cristianos viven en la ciudad en una actitud de servicio. Nuevas empresas y organizaciones sin fines de lucro renuevan en distintos grados las porciones de cultura que le corresponden. Los creyentes integran su fe con su trabajo de modo que cada vocación se convierte en una actividad del reino. Los ministerios universitarios y otras agencias evangelísticas producen orgánicamente nuevos líderes cristianos que permanecen en la ciudad integrándose a las iglesias y las redes. Las personas usan su poder, riqueza e influencia en bien de otras personas que están en los márgenes de la sociedad, para promover el ministerio y plantar nuevas iglesias. Las iglesias y los cristianos individuales apoyan y administran las capacidades. Analicemos sus partes.

  1. Las nuevas iglesias forman el corazón de estos ecosistemas del evangelio. Brindan oxígeno espiritual a las comunidades y redes de cristianos que hacen el trabajo pesado, durante décadas, para renovar y redimir ciudades. Son el lugar principal para el discipulado y la multiplicación de creyentes, así como el motor económico para todas las iniciativas del ministerio. Así que este ecosistema es una masa crítica de nuevas iglesias. Deben estar centradas en el evangelio, ser urbanas, misioneras/evangelísticas, equilibradas, crecientes y “autogenerativas” en diversas formas, cruzando tradiciones e integrando razas/clases. Este es el núcleo más básico del ecosistema.
  2. El ecosistema también fomenta redes y sistemas de evangelismo que alcanzan poblaciones específicas. Además de los ministerios universitarios, que son especialmente importantes como un motor de desarrollo de nuevos líderes, generalmente son necesarias otras agencias evangelísticas muy eficaces y especializadas para llegar a las élites, llegar a los pobres, y llegar a los musulmanes, a los hindúes y otros grupos culturales/religiosos.
  3. Las redes y organizaciones de líderes culturales dentro de los campos profesionales, como las empresas, el gobierno, el mundo académico y las artes y los medios, forman parte de este ecosistema también. Es crítico que estas personas estén activas en iglesias que las discipulen y apoyen conscientemente para la vida pública. Estos líderes deben también trabajar en redes y apoyarse mutuamente dentro de sus propios campos, dando lugar a nuevas instituciones y escuelas de pensamiento.
  4. El ecosistema está marcado también por agencias e iniciativas producidas por cristianos que sirven a la paz de la ciudad, y especialmente a los pobres. Deberán crearse cientos y miles de nuevas empresas sin fines de lucro y con fines de lucro para servir a cada barrio y cada población que padece necesidad. Las alianzas e instituciones eclesiásticas unidas y coordinadas también sirven a familias y personas cristianas y apoyan su vida durante mucho tiempo en la ciudad (ej: escuelas, institutos teológicos y otras instituciones que hacen que la vida en la ciudad sea sustentable para los cristianos a lo largo de las generaciones).
  5. Además, este ecosistema tiene redes de líderes de la ciudad que se superponen. Los líderes de movimientos eclesiásticos, teólogos/maestros, directores de instituciones y líderes y patrocinadores culturales con influencias y recursos se conocen entre sí y brindan visión y dirección para toda la ciudad.

Puntos de inflexión

Los sucesos aislados y las entidades individuales cristalizan para formar un movimiento creciente y autosustentable cuando alcanzan un punto de inflexión.

El punto de inflexión del movimiento del evangelio. Un proyecto de plantación de iglesia se convierte en un movimiento cuando todos los elementos del ecosistema están funcionando y la mayoría de las iglesias tienen la vitalidad, los líderes y la mentalidad para plantar otra iglesia cinco o seis años luego de su propio comienzo. Cuando se alcanza el punto de inflexión, comienza un movimiento autosustentable. Se producen naturalmente suficientes nuevos creyentes, líderes, congregaciones y ministerios como para que el movimiento crezca sin un único centro de comando y control. El cuerpo de Cristo en la ciudad se autofinancia, produce sus propios líderes y realiza su propia capacitación. Constantemente surge una cantidad suficiente de líderes dinámicos. La cantidad de cristianos e iglesias se duplica cada siete a diez años. ¿Cuántas iglesias deben ser alcanzadas para que ocurra esto? Si bien es imposible dar un número que sirva para cada ciudad y cada cultura, todos los elementos del ecosistema deben estar en su lugar y funcionando sólidamente.

El punto de inflexión de la ciudad. El punto de inflexión de un movimiento del evangelio es una meta importante. Pero hay otra. Cuando se alcanza el punto de inflexión de un movimiento del evangelio, podría ocurrir que el ecosistema haga que el Cuerpo de Cristo crezca tanto que se alcance el punto de inflexión de toda la ciudad. Ese es el momento en que la cantidad de cristianos modelados por el evangelio en una ciudad es tan grande que la influencia cristiana en la vida cívica y social de la ciudad –y en la cultura misma– es reconocible y reconocida. Por ejemplo, un barrio permanece prácticamente igual si los nuevos residentes (más ricos, menos ricos o culturalmente diferentes del resto) comprenden menos del 5 por ciento de la población. Algunos ministros carcelarios informan que si más del 10% de los prisioneros se vuelven cristianos, cambia la cultura colectiva de la cárcel. Cambian todas las relaciones entre los prisioneros, y entre los prisioneros y los guardias. Asimismo, cuando la cantidad de nuevos residentes alcanza entre 5 y 20 por ciento, dependiendo de la cultura, la escala de valores de todo el barrio cambia. En la ciudad de Nueva York, algunos grupos tienen un efecto palpable en la forma en que se vive la vida cuando alcanzan cifras de al menos 5 al 15 por ciento y cuando además los miembros están activos en la vida pública.

¿Qué probabilidad existe de que un movimiento del evangelio urbano pueda crecer tanto como para alcanzar el “punto de inflexión para cambiar la ciudad”, ese momento en el cual el evangelio comienza a tener un impacto visible en la vida de la ciudad y la cultura producida en ella? Sabemos que esto puede ocurrir por la gracia de Dios. Los libros de historia nos dan ejemplos. Sin embargo, sólo muy pocos líderes cristianos, como John Wesley, vivirán para ver el movimiento que comenzaron crecer a este nivel de eficacia. Así que los ministros urbanos deben convertirlo en su meta, y dedicar toda su vida a esto, pero sin esperar verlo durante su tiempo de vida. Ese es el equilibrio correcto entre expectativa y paciencia que debemos lograr, si queremos ver a nuestras ciudades amadas y alcanzadas para Cristo.

© The Lausanne Movement 2010

  1. También la traducción de Leslie C. Allen, Psalms 101-150, Word Commentary, Vol. 21, p. 210.
  2. Frank Frick, The City in Ancient Israel, citado en Harvie M. Conn y Manuel Ortiz, Urban Ministry: The Kingdom, the City, and the People of God (Downers Grove: InterVarsity Press, 2001), p. 83.
  3. Miroslav Volf, “Soft Difference” http://www.yale.edu/faith/resources/x_volf_difference.html
  4. Thomas Schreiner sostiene con buenos argumentos que, en el Nuevo Testamento, la forma habitual de glorificar a Dios es creyendo en Él (ver Hch. 13:48; Ro. 4:20; 15:7, 9; 1 Co. 2:7; Ef. 1:6, 12, 14; 2 Ts. 3:1). Lo que se considera aquí es la salvación de los miembros paganos de la ciudad al ver la vida y el servicio de los cristianos. Ver Thomas Schreiner, 1, 2 Peter, Jude (New American Commentary) Broadman, 2003, p.124. Cuando Pedro dice que los paganos glorificarían a Dios “en el día de la salvación”, se refiere a las muchas personas que, cuando llegue el día del juicio, habrán llegado a la fe al observar la vida de los cristianos.
  5. John R. W. Stott, The Message of Acts: The Spirit, the Church, & the World (Bible Speaks Today series) (Downers Grove: InterVarsity Press, 1990), p. 293.
  6. Rodney Stark, The Rise of Christianity: How the Obscure, Marginal Jesus Movement Became the Dominant Religious Force in the Western World in a Few Centuries, (HarperSanFrancisco, 1997), pp. 161–162.
  7. Reconozco que Dios usó otros factores humanos para producir el sorprendente crecimiento de la iglesia primitiva en sus primeros tres siglos. Hubo una crisis cultural en la cosmovisión grecorromana. El culto a los viejos dioses paganos estaba desapareciendo. No obstante, los historiadores reconocen cuán crucial fue para la influencia y extensión de la iglesia que echara raíces primero en áreas urbanas.
  8. Richard Fletcher, The Barbarian Conversion: From Paganism to Christianity (University of California, 1999.)
  9. Stott, The Message of Acts, p. 292,
  10. Esto es así, independientemente de que alguien tome una visión más estricta de la población dentro de lo que serían, legalmente, los “límites de la ciudad” (ver  www.worldatlas.com/citypops.htm) o las “áreas metropolitanas” más grandes (ver www.citypopulation.de/world/Agglomerations.html).
  11. Harvie Conn, The American City and the Evangelical Church (Baker, 1994), pp.181–182.
  12. Jenkins, The Next Christendom, p. 93. Debe señalarse que las ciudades son atractivas para los pobres y las minorías porque: a) ofrecen muchas más oportunidades de trabajo que las áreas rurales y b) brindan “mini-ciudades” de personas del mismo grupo étnico. Los gobiernos de las ciudades, sin embargo, suelen ser hostiles hacia los recién llegados.
  13. Jenkins, The Next Christendom, p. 94.