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Nota del editor: El presente Texto Previo para Ciudad del Cabo 2010 fue escrito por Leslie Ann Neal Segraves y Chad Alan Neal Segraves como una reseña del tema a debatirse en la sesión Multiplex sobre “Hombres y Mujeres: un poderoso equipo para completar la gran comisión”. Los comentarios a este texto realizados a través de la Conversación Global de Lausana serán remitidos a los autores y a otras personas para ayudar a dar forma a sus presentaciones finales en el Congreso.

“¿Aceptaría 20 dólares por su red de pescar?” El pescador cachemir hizo una pausa en su trabajo matutino, sonrió y nos entregó emocionado su olorosa y chorreante red. Habíamos viajado a Cachemira, habíamos pasado la noche en una casa flotante, habíamos cruzado el lago Dal a remo, habíamos observado a pescadores que nos habían inspirado con su trabajo en equipo, y habíamos arribado finalmente al lugar donde capacitamos a un grupo de plantadores de iglesias plagados de desunión interna. Mientras enseñábamos acerca del poder de la unidad y la reconciliación, la mugrienta red simbolizaba poderosamente cómo Dios desea que hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, habitantes urbanos y rurales trabajen juntos, cada uno sosteniendo su parte de la red para recoger la cosecha de Dios.

Jesús describió al reino de Dios como “una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces” (Mt. 13:47). En contraste con las cañas de pescar individualistas, las redes que Jesús describió requerían de muchas personas trabajando juntas para recoger toda la pesca. De la misma forma, cumplir con la gran comisión requiere de la participación y el servicio de todos los que dicen seguir a Cristo. En palabras sencillas, Dios llama a las personas a Él (salvación) y luego las envía al mundo (servicio), trabajando juntos como un Cuerpo, equipadas con dones espirituales para extender Su reino sobre la tierra.

A pesar de la urgente necesidad de la iglesia de equipar, dotar de poder y enviar más obreros para los incontables millones que necesitan un Salvador, aún permanecen muchas preguntas y obstáculos con relación a la asociación de hombres y mujeres. Estas barreras requieren la atención de la iglesia y reflexión bíblica: ¿Distribuye Dios dones espirituales en base al género de la persona? ¿Da Dios dones de liderazgo a las mujeres o sólo a los hombres? ¿Puede una mujer liderar sólo a niños y a otras mujeres? ¿De qué forma la crucifixión y resurrección de Cristo sana y redime los propósitos ideales de Dios para hombres y mujeres? ¿Afecta a la gran comisión el hecho de restringir o liberar a las mujeres para el liderazgo espiritual?

El movimiento de Lausana, iniciado por Billy Graham, ha afirmado que los hombres y las mujeres reciben dones de Dios y que su asociación es necesaria para la evangelización mundial. El Manifiesto de Manila, producido por el segundo gran Congreso mundial de Lausana, en 1989, proclama: “Afirmamos que los dones de Espíritu [Santo] son repartidos a todo el pueblo de Dios, tanto a las mujeres como a los hombres, y que se debe promover la participación de todos en la evangelización para el bien común” (Afirmación 14, 1989). Las Afirmaciones Sumarias del Foro 2004 de Lausana para la Evangelización Mundial incluyen la siguiente frase: “Llamamos a la iglesia de todo el mundo a trabajar para la plena asociación de hombres y mujeres en la obra de la evangelización mundial maximizando los dones de todos” (Claydon:2005).

Presentamos este artículo con una comprensión básica de la asociación. Asociación significa que cada parte invierte todo de sí para lograr una meta compartida, con la oportunidad de experimentar libertad y aliento para contribuir sobre la base de sus dones, independientemente de sus características externas. Cada socio trae tanto dones sobrenaturales como talentos naturales dados por Dios para el cumplimiento de la meta.

A pesar de movimientos globales que alientan la participación vital tanto de hombres como de mujeres, las mujeres en Occidente y Oriente sienten que se le han impuesto restricciones, no sólo de parte del mundo sino también frecuentemente por sus hermanos y hermanas cristianos. Debido a limitaciones de espacio, este artículo no profundiza en la exégesis de textos bíblicos clave, a saber: 1 Co. 11:14; 1 Ti. 2:3 y Ef. 5. Más bien, este artículo busca demostrar la cosmovisión bíblica y misionológica de quienes creen que Dios puede equipar (y equipa) tanto a hombres como a mujeres con dones de liderazgo y de enseñanza a ser usados para completar Su misión.

El apóstol Pablo instruye a Timoteo: “Lo que me has oído decir en presencia de muchos testigos, encomiéndalo a creyentes (ándsropos) dignos de confianza, que a su vez estén capacitados para enseñar a otros” (2 Ti. 2:2, NVI). Pablo, un escritor cuidadoso y brillante, usa la palabra griega que incluye tanto a hombres como a mujeres, en vez de la palabra griega usada específicamente para los hombres. En vista de este hecho, y otros que surgen de un estudio a fondo de pasajes pertinentes, creemos que Dios da dones de liderazgo/enseñanza no sólo a los hombres, sino también a las mujeres, y que liberar a las mujeres para usar dones de liderazgo y enseñanza afecta positivamente la gran comisión.

Unos años atrás, nos pidieron dar un seminario a 100 pastores hindúes acerca de las relaciones masculinas/femeninas en el hogar y en la iglesia desde una sólida perspectiva bíblica. Unas semanas luego de la conferencia, recibimos un e-mail de dos participantes casados. “¡Alabado sea el Señor! ¡[El esposo] fue a una aldea no alcanzada, predicó el evangelio y 35 personas aceptaron a Cristo! ¡Alabado sea el Señor! ¡[La esposa] fue a otra aldea no alcanzada, predicó el evangelio y 315 personas aceptaron a Cristo!” En ambas aldeas se plantaron iglesias hogareñas. El equipo de esposos se regocijó porque Dios usó a ambos para llevar fruto espiritual y ayudar a transformar, con las buenas nuevas, aldeas no alcanzadas.

Si bien nos regocijamos por la historia anterior donde tanto el esposo como la esposa fueron liberados y productivos en el ministerio, otras tradiciones cristianas limitan la participación de mujeres con dones en el liderazgo. Si bien las razones para las limitaciones varían (punto de vista bíblico, predisposición cultural, aceptabilidad social, cuestiones prácticas), la gran comisión se ve afectada tanto a nivel individual como corporativo cuando restringimos los dones de las mujeres. Una mujer estadounidense de entre treinta y cuarenta años dijo: “Siempre supe que tenía inteligencia, talentos y dones. Simplemente suponía que Dios no me necesitaba realmente porque era una mujer”. Una niña de diez años que asiste a una escuela cristiana se preguntó con el ceño fruncido: “¿Ama Dios a los niños más que a las niñas? Era lo que sentía cuando la maestra contó la historia bíblica. Los niños decían que eran mejores que las niñas y usaban la Biblia para ‘demostrarlo’”. Juliet Thomas, una líder cristiana hindú, dice:

Lamentablemente, las mujeres han testificado “que si bien sus cualidades de liderazgo son buscadas en el campo secular, se reducen a la insignificancia cuando están en la iglesia”. En un mundo donde hay mujeres que son primeras ministras, embajadoras y ejecutivas de empresas, además de llevar adelante sus responsabilidades en el hogar, hay quienes están cuestionando a la iglesia justificadamente con relación a los límites prescritos dentro de los cuales deben trabajar frecuentemente las mujeres (Thomas 2005:189).

Al escribir este texto previo, afirmamos nuestro sólido amor por Jesús, nuestra profunda devoción por la Palabra de Dios y nuestro firme compromiso con la gran comisión. Estamos seguros de que otros hermanos y hermanas cristianos comparten también un amor y enfoque externo similares, si bien podrán discrepar con los presupuestos y la aplicaciones de la asociación masculina/femenina bosquejados en este texto previo. Paul Hiebert afirma: “Debemos encarar nuestro estudio con humildad y dispuestos a aprender de la Biblia, la experiencia y unos de otros” (Hiebert 2008:308).  ¡Nuestra oración es que una humildad como la de Cristo junto con la disposición para aprender sobre este tema produzca la multiplicación exponencial de compañeros de trabajo cristianos!

Las siguientes páginas resaltan brevemente los temas de la Trinidad, el reino de Dios y la justicia, los cuales forman la base de nuestra comprensión de la relación masculina/femenina y su asociación en la gran comisión. ¡Oramos para que la iglesia refleje la imagen de Dios, el reino de Dios y la justicia de Dios, para que todos los grupos étnicos puedan experimentar el poder transformador de la crucifixión y resurrección de Jesús!

La asociación entre hombres y mujeres refleja la Trinidad no jerárquica

Mientras que la mayoría de los cristianos creen que Dios crea tanto al varón como la mujer a la imagen de Dios (imago Dei) y que Dios no es una “deidad masculina” (“Dios es Espíritu”, Jn. 4:24), algunos teólogos evangélicos contemporáneos han promovido, en los últimos 35 años, la idea de que la Trinidad está dispuesta en una jerarquía, de modo que el Hijo y el Espíritu están subordinados eternamente al Padre. Esta posición fue desarrollada a fin de promover el “liderazgo masculino” y la “subordinación femenina” en la iglesia y en el hogar.

Señalamos nuestro desacuerdo con una visión de “cadena de mando” de la Trinidad. El Credo Atanasiano afirma: “En esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor” (Kelly 2004:79). Atanasio trabajó incansablemente para expresar la mutualidad en las Personas de la Trinidad mientras luchaba contra la herejía arriana. Todos los credos y confesiones cristianas confiesan que “las tres personas divinas son inseparables en operaciones o funciones e indivisibles en poder y autoridad” (Giles 2006:30). En particular, con el Credo Niceno del año 325 y el Credo Niceno-Constantinopolitano del año 381, “la iglesia declaró que no hay niveles graduados de deidad en la Trinidad” (Scorgie 2005:43).

Reconocemos el misterio de la Trinidad. Sin embargo, la Biblia como un todo revela la naturaleza de las Personas de la Trinidad y el carácter de Dios.

  1. Jesús se sometió a Dios durante sus 33 años en la tierra. Este hecho revela dos verdades primarias. Primero, Jesús reveló el verdadero carácter del Dios Trino mediante sus palabras y acciones. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). Esto significa que, cuando Jesús ama, muestra que Dios es un Dios de amor. Cuando sana, perdona o muestra poder, demuestra estas características de Dios. Cuando Jesús se somete, revela a un Dios Trino humilde y sumiso, aunque infinitamente poderoso. Segundo, Jesús mostró a los humanos cómo relacionarse con Dios: con humildad, amor y sumisión.
  2. Jesús dijo: “El Padre mayor es que yo” (Jn. 14:28), lo que algunos han querido aplicar a Su deidad antes de asumir Su humanidad, pasando por alto que Jesús también dijo: “Yo y el Padre uno somos” (Jn. 10:30). Por lo tanto, no hay nadie menor o mayor en autoridad o poder en la Trinidad. ¡No debemos confundir las limitaciones de Jesús durante Su tiempo como humano con Su poder ilimitado como el Señor Dios Todopoderoso!
  3. Si bien el Padre envió al Hijo (Jn. 3:16), el Hijo también se humilló y se hizo nada (Fil. 2:6-8).
  4. Jesús dice a sus discípulos en Mateo 28:18: “Toda potestad me es dada en el cielo y la tierra”. Por lo tanto, cuando 1 Corintios 15:24-28 dice que Jesús entrega la autoridad universal al Padre, ¿no demuestra esto una autoridad compartida, un conferirse generosamente poderes uno a otro y un intercambio recíproco y mutuo de poder? (Para ver más sobre este paralelo, ver Pannenberg  1991:312-313.)

Estas afirmaciones revelan que cada Persona de la Trinidad parece acatar y honrar a las otras por sobre ella misma, exhibiendo una relación pericorética. La palabra perichoresis, acuñada originalmente por los Padres Capadocios, describe la interpenetración e inseparabilidad de las acciones de las Personas Trinitarias, de forma que cuando una Persona actúa, las otras también lo hacen. Es decir, ninguna de las Personas divinas actúa independientemente de las Otras. Cuando el Padre crea, la Palabra habla y el Espíritu se mueve (Gn. 1). Cuando el Hijo se sacrifica, encomienda su Espíritu al Padre (Lc. 23:46). Cuando el Espíritu Santo vive dentro de los creyentes, el Padre y el Hijo hacen morada también (Jn. 14:23). Estas breves verdades nos ayudan a entender que la Trinidad existe como co-eterna, co-igual e inseparable, sin niveles de autoridad, poder o voluntad diferentes.

Al darse cuenta de la mutualidad dentro de la Trinidad, la humanidad puede reflejar mejor la imagen de Dios. Las Personas de la Trinidad, diferenciadas como Padre, Hijo y Espíritu (Santo), permanecen unidas como Un Ser. Los humanos, diferenciados como masculinos y femeninos, también pueden permanecer unidos con el mismo objetivo de lograr la voluntad de Dios en la tierra. Por lo tanto, la acción compartida dentro de la Trinidad prefigura las actitudes y acciones compartidas y coordinadas de las personas redimidas creadas a la imagen de Dios (la imago Dei).

Así como la diferenciación y la integración de la Trinidad no estructura al Padre, Hijo y Espíritu en términos jerárquicos, Dios no crea a la humanidad con jerarquía. Según nuestra lectura de Génesis 1 y 2, en el paraíso ideal de Dios, el concepto de “cabeza/líder” masculino no está explícito ni implícito en el texto. En estos dos capítulos, no encontramos las palabras rosh (hebreo para “cabeza”) o kefalé (griego de la Septuaginta para “cabeza”). Sí encontramos que “no es bueno” que el hombre esté solo y, al buscar una compañera, Dios crea bondadosamente a la mujer como una “ézer k’neged”, que significa ‘fortaleza igual/correspondiente’. En Génesis 1:28-29, el texto muestra que Dios da al hombre y a la mujer las mismas bendiciones y responsabilidades al sojuzgar la tierra mediante dos pronombres plurales (“Y los bendijo Dios, y les dijo”), cinco verbos plurales (fructificad, multiplicaos, llenad, sojuzgadla, señoread) y el plural “os” (os he dado, os serán).

El Dios Trino sirve como el modelo original y supremo para la comunidad-en-relación entre hombres y mujeres. Dios incorporó en los hombres y mujeres “la unidad-en-la-diversidad y la mutualidad que caracterizan a la realidad divina eterna… Los humanos-en-relación o los humanos-en-comunidad reflejan en última instancia la imago Dei” (Grenz 1994:171). Como portadores de la imagen de Dios, los hombres y mujeres redimidos reflejan la comunidad Trina al compartir el dominio, al ser mayordomos de la tierra y al extender el reino de Dios a todos los pueblos.

La asociación entre hombres y mujeres refleja el reino de Dios

Debido a que la reconciliación sigue siendo la necesidad más vital de la condición humana, la cruz de Cristo establece el fundamento para las relaciones redimidas, no sólo entre las personas y Dios, sino entre las personas. “La obra reconciliadora de Jesús se extiende a las relaciones humanas hoy. En la cruz, él destruyó las barreras que dividen a los seres humanos (Ef. 2:11-22)” (Grenz 1994:348). El Jesús quebrantado llevó en Su cuerpo el quebrantamiento del mundo.

La misión de Dios (missio Dei) alcanzó su clímax en la muerte y resurrección de Jesús. En esta coyuntura, Jesús restauró la posibilidad de una humanidad redimida. La cruz de Cristo ofrece un desafío a todos los creyentes que desean vivir en una comunidad reconciliada entre hombres y mujeres.

Lo que nuestro Señor proclamó en su enseñanza y ejemplificó en su vida –que la plenitud de la comunidad consiste en entregar su propia vida–, se exhibe gloriosamente en su muerte. No sólo es el Revelador de la vida-en-comunidad, sino que Jesús es también el Efector de esa comunidad. Como aquél que nos abre el camino para participar en la verdadera comunión, nuestro Salvador es el autor entre nosotros del diseño divino para la vida humana (Grenz 1994:351).

El cuerpo roto de Jesús desafía tanto a hombres como a mujeres a entregar sus vidas a fin de experimentar una comunidad basada en la intención original de Dios en Génesis 1 y 2. Con una mentalidad de reino, un hombre puede humillarse, servir con sus dones, dotar de poder a otros y darse cuenta de la necesidad de una socia relacional para co-regir con él. Del mismo modo, una mujer del reino puede humillarse, no ceder al temor sino servir a partir de sus dones, aun cuando esto incluya el liderazgo, y darse cuenta de que Dios desea que ella participe no sólo en relaciones sino que comparta también en el gobierno de la tierra.

Cuando los hombres y mujeres redimidos viven en el ideal de Dios con relación a la asociación masculina/femenina, envían un mensaje poderoso y profético al mundo. Sin embargo, “donde el evangelio ha perdido su voz profética, corre peligro de quedar pegado a creencias y valores que distorsionan su mensaje” (Hiebert 1985:56). Surge entonces la pregunta: ¿Ha demostrado la iglesia una relación masculina/femenina que influye en la cultura proféticamente, o han influido las culturas caídas en la comprensión de la iglesia de las relaciones masculinas/femeninas? En el campus de la Universidad de Delhi, una joven se acercó a nosotros: “Tengo que hacerle dos preguntas. En mi cultura, tanto el islamismo como el hinduismo dicen que los hombres son ‘superiores’ y las mujeres son ‘inferiores’ (usó gestos con las manos). En su religión, ¿qué cree su Dios acerca de los hombres y las mujeres? ¿Qué practican los seguidores de su Dios?”.

Al demostrar hombres y mujeres redimidos el mensaje profético del reino simplemente operando plenamente con sus dones, su asociación impactará profundamente a la sociedad como la levadura trabaja en la masa (Mt. 13:33). “La obra transformadora del Príncipe de Paz consiste en crear un comunidad que no sería posible humanamente, donde no hay ni judíos ni griegos, hombres ni mujeres, amos ni esclavos, como evidencia tangible de la penetración del reino” (Guder 2000:69). ¡Venga tu reino, Señor Jesús!

La asociación entre hombres y mujeres demuestra la justicia de Dios

En 2006, un hermano cristiano dijo a Chad: “Estas discusiones acerca de lo que las mujeres pueden y no pueden hacer en la iglesia no deberían existir. Nos distraen de Jesús. Las mujeres simplemente deben estar felices de ser parte del Cuerpo de Cristo y no preocuparse acerca de lo que se le permite hacer en la iglesia”. Chad miró al hombre y dijo: “Vuelva a decir lo que dijo, pero esta vez, en vez de la palabra mujeres, use la palabra afroamericanos. Por eso es un tema que importa”.

En todo el mundo, la mayoría de las personas reconocen la injusticia de limitar a una persona sobre la base de su etnicidad. Sin embargo, muchos en la iglesia han tardado en darse cuenta y corregir la injusticia que continúa para las mujeres con dones espirituales. Una mujer de Occidente nos dijo: “Los domingos son los días más tristes de mi vida. Siento que no soy aceptada y de poco valor cuando entro en la iglesia”. Una mujer muy calificada del sur de Asia, buscada por sus aportes, conocimiento y experiencia a nivel de gobierno, exclamó con desesperación: “Cuando llego a casa, ¡no soy nadie! ¡Y soy silenciada en mi iglesia! Hubiera dado mi vida para servir a la iglesia, pero no se me permite hablar o participar en nada” (Thomas 2005:693). Una hermana contó que asistió a una conferencia global sin su esposo. Mientras viajaba con un grupo al aeropuerto, un hombre le preguntó por el ministerio que ella compartía con su esposo. Cuando le dijo, el hombre le preguntó: “¿Y cuáles son los dones espirituales de su esposo que le permiten hacer esto?”. En otra ocasión, estaba sentada a la mesa con un importante apologista. De nuevo, su esposo no estaba presente. De nuevo, luego de hablar acerca del ministerio que tenía con su esposo, el apologista comentó: “Entonces tengo que conocer a su esposo. ¿Cuáles son los dones espirituales de él?”. En ambos casos, ella se sintió “invisible y excluida” en el Cuerpo de Cristo.

La aceptación de las mujeres por la iglesia (y de todas las personas redimidas en su seno) tiene el potencial de demostrar el poder y la verdad de la reconciliación a un mundo quebrantado, en tanto que la exclusión –basada en cuestiones de etnicidad, género o clase social– simplemente remeda la injusticia de un mundo fragmentado. Nos acordamos del histórico Pacto de Lausana de 1974, firmado por multitudes de líderes cristianos respetados de todo el mundo, que dice que los cristianos son llamados a compartir la “preocupación [de Dios] por la justicia y la reconciliación en toda la sociedad humana y por la liberación de todos los hombres de toda clase de opresión” (El Pacto de Lausana, 1974).

Algunos teólogos alientan a las mujeres a “no pensar en lo que no pueden hacer, sino a centrarse en lo que pueden hacer”. Sin embargo, la discusión sobre cómo las mujeres pueden servir en el hogar, en la iglesia y en la sociedad no puede permanecer en un campo estéril y académico, porque involucra una cuestión de justicia para más de la mitad del Cuerpo de Cristo, y afecta profundamente su identidad personal. Mantener la discusión en una torre de marfil teológica evita las cuestiones de injusticia e identidad (haciendo que permanezca el dolor), no toma en cuenta el otorgamiento de dones del Espíritu Santo (que da dones sin consideraciones de género) y frena la tarea de la gran comisión (haciendo que menos obreros operen con sus dones).

En la conversación actual sobre cómo deben funcionar los hombres y mujeres en el hogar, la iglesia y la sociedad, aparece frecuentemente la palabra roles. Sin embargo, ni el Antiguo Testamento ni el Nuevo Testamento, ni Jesús, ni Pablo ni ningún otro escritor bíblico usó términos como “relaciones de roles” o “diferentes e iguales” para describir cómo Dios puede dotar de poder a hombres y mujeres para sus propósitos.

Desde la década de 1970, esta terminología de “roles” ha sido usada por algunos cristianos para sustanciar la igualdad esencial entre hombres y mujeres (iguales) pero manteniendo una jerarquía funcional (diferentes). Quienes sostienen esta posición a menudo buscan fundamentar su perspectiva en una Trinidad subordinada eternamente. Sin embargo, creemos que el vocabulario de “iguales y diferentes” y de “roles” no es suficiente para describir ni la relación entre hombres y mujeres ni a la Trinidad.

Antes de la revolución sexual de la década de 1960, la mayoría de los comentarios bíblicos decían que los hombres fueron creados primero y son, por lo tanto, “primarios o superiores”, mientras que las mujeres fueron creadas segundas y son, por lo tanto, “derivadas, menores o inferiores”. La innovadora terminología de los “roles” permitió a ciertos cristianos hablar de la igualdad de hombres y mujeres (en esencia/valor humano), a la vez que mantenían una estructura patriarcal blanda (en función/trabajo). Es interesante que, a partir de múltiples entrevistas de investigación en 2007-2008, encontramos que imanes musulmanes del norte de India usan la misma terminología al expresar las diferencias entre hombres y mujeres en el islamismo. “Los hombres y mujeres son iguales… con los hombres un grado por encima” (ref. Sura 2:228).

Así como la Trinidad no está diferenciada por roles, los humanos tampoco deberían diferenciarse en base a los roles. Algunos podrán oponerse a esta posición diciendo: “¿Así que usted cree que no hay roles o funciones específicamente para mujeres u hombres?”. Nosotros contestaríamos: “Por supuesto que hay obvios procesos biológicos que sólo las mujeres o sólo los hombres pueden realizar”. Sin embargo, más allá de la biología natural básica, creemos que el Espíritu Santo da dones sobrenaturalmente tanto a hombres como mujeres, y forzar excesivamente la terminología de “roles” a menudo produce conclusiones estereotipadas. Además, en toda la Biblia encontramos que Dios equipa y usa a mujeres en diversas tareas y oficios que incluyen: profeta, maestra, apóstol, diaconisa, evangelista, mujer de negocios, líder de iglesia hogareña y líder de adoración.

Un modelo de asociación que respalda tanto a hombres como mujeres para que usen todos sus dones en la función en las que Dios los llama exige una comprensión diferente y un vocabulario diferente. Claramente, los humanos están diferenciados en hombres y mujeres, y de ninguna forma apoyamos la androginia ni la homosexualidad. Los hombres y las mujeres no son “lo mismo”; tienen género masculino y femenino, lo que los hace claramente distintos. Sin embargo, estas distinciones no determinan la forma en que Dios puede otorgarles dones o usarlos en Su proyecto global. Creemos que todo el debate sobre los “roles” comienza y termina con un enfoque erróneo de la autoridad basada en el cuerpo físico de la persona, que entonces determina cómo una persona puede ser usada espiritualmente. En cambio, tanto la autoridad como la acción en la iglesia y en el hogar deben comenzar y seguir con el claro llamado de Dios, Su bondadoso otorgamiento de dones y Su fuerte dotación de poder.

Conclusión

Mientras millones de personas esperan para oír el mensaje del reino, la iglesia debe movilizar y liberar a más obreros. Según los eticistas Stassen y Gushee, el género como punto fundamental para determinar el servicio de una persona en la iglesia se desvanece cuando un considera la enorme tarea que tiene la iglesia para completar la evangelización mundial. “El criterio acerca de quiénes pueden seguir estas preciosas metas del reino es simplemente todo el cuerpo de Cristo, con la especialización dirigida por los dones espirituales” (Stassen y Gushee 2003:323).

Entonces, ¿cómo pueden los líderes globales liberar y conferir poder a más obreros para la cosecha, tanto hombres como mujeres, y facilitar un nuevo equilibrio global?

  1. Abra puertas de oportunidades. Reconozca a mujeres con dones y posibilite muchas oportunidades de servicio.
  2. No se oponga. Cuando surgen mujeres piadosas y con dones con la bendición de Dios, tanto los hombres como las mujeres deben reconocer y apoyar la obra del Espíritu Santo.
  3. Eduque, confiera poder, capacite y libere. Todos los líderes, hombres y mujeres por igual, necesitan capacitación, orientación y afirmación. Asegúrese de que las mujeres, que frecuentemente reciben menos capacitación, tengan oportunidades para crecer y desarrollarse.
  4. Avive el fuego. Si el Espíritu Santo realmente ha dado dones a una persona, entonces “avive el fuego” de esos dones. No extinga el pequeño atisbo de llama en la vida de una persona.
  5. Entregue poder. No dedique tiempo y energía a defender y mantener el poder.
  6. Aprecie el matrimonio y los hijos. Aliente a los esposos a compartir el trabajo en el hogar y el cuidado de los hijos para que las mujeres puedan también cultivar y usar sus dones. Tanto los esposos como las esposas deben alentar a sus cónyuges a usar todos sus dones espirituales. Tanto los esposos como las esposas deben cuidar a los hijos, y las mujeres no deben estar limitadas a su función biológica.
  7. Levante a las mujeres solas. Dado que hay más mujeres que hombres en el Cuerpo de Cristo, una gran cantidad de mujeres cristianas permanecerán solteras. No les imponga la carga de que sólo las personas casadas pueden experimentar la realización y encontrar felicidad, ni dé por sentado que deben estar casadas para estar en el liderazgo de un ministerio.

La asociación de hombres y mujeres que usan todos sus dones afecta la gran comisión. La señora G, una atea en la nación de China, llegó a conocer a Jesucristo. Aunque su esposo y sus hijos la ridiculizaron durante años, ellos también terminaron creyendo. La señora G, una maestra dotada, reunía a gente en su hogar y compartía la Biblia. En poco tiempo su iglesia llegó a tener más de 200 personas. Su esposo, un gran cocinero y sabio consejero, servía a la congregación de todo corazón.

La iglesia creció hasta que un hombre de Occidente asistió al culto y notó la estructura del grupo de la señora G. El hombre se acercó al señor y la señora G. y les dijo: “Ustedes no están llevando adelante la iglesia según un patrón bíblico. No está bien que la señora G. enseñe y dirija. No está bien que el señor G. cocine, sirva y sólo dé consejos sabios. Ustedes no están siguiendo el mandato bíblico sobre los roles del hombre y la mujer”. Contristados porque habían desobedecido las reglas de Dios, la señora G. dejó de enseñar y empezó a hacerlo el señor G. Con el tiempo, la iglesia empezó a reducirse. Finalmente, otra pareja de Occidente permitió que el señor G. y la señora G. interpretaran la Biblia con nuevos ojos y entendieran cómo Dios espera que se usen los dones. La señora G. volvió a enseñar y el señor G. comenzó a servir nuevamente con hospitalidad y sabiduría. La iglesia ahora tiene más de 1000 miembros y ha enviado sus propios obreros a zonas no alcanzadas de China.

Estuvimos en la plataforma del Foro 2004 para la Evangelización Mundial realizado en Pattaya, Tailandia. Dimos un resumen de cinco minutos del trabajo del Grupo de Tema 24 durante el Foro sobre el tema de conferir poder a hombres y mujeres para trabajar juntos para el evangelio. En la plataforma con nosotros había seis mujeres y cuatro hombres (representando al sesenta por ciento de mujeres y cuarenta por ciento de hombres en la iglesia mundial). Cada uno sostenía nuestra gran red de pescar de Cachemira, India. Dijimos: “Algunos creyentes buscan restringir a las mujeres en el uso de los dones que Dios les dio. ¿Los resultados? Mujeres, ¡suelten su red!”. Las mujeres en la plataforma soltaron la red y los pesos que colgaban de la red golpearon el piso con un ruido seco. El público mostró su sorpresa y dijimos: “¡Los peces se perdieron!”.

N.T. Wright afirma: “Debemos pensar y orar cuidadosamente acerca de dónde nos están llevando nuestras propias culturas, prejuicios y enojos, y asegurarnos de que nos conformemos, no a ninguno de los diferentes estereotipos que ofrece el mundo, sino al mensaje sanador, liberador y humanizador del evangelio de Jesús” (Wright 2006 20.4:9). Es hora de que los hombres y mujeres que siguen a Cristo dejen a un lado los estereotipos del mundo para reflejar en cambio la intención original de Dios de una fuerte asociación y la plenitud de los dones sobrenaturales dados por la gracia de Dios. ¡Los hombres y mujeres que reflejen la imago Dei, que vivan de manera práctica el reino de Dios y que exhiban la justicia hacia los demás y en sus relaciones mutuas, trabajarán poderosamente junto con Dios, y unos con otros, para completar su misión entre todos los pueblos!

© The Lausanne Movement 2010

Obras citadas

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