Como líderes del Movimiento de Lausana, nuestros corazones se han estado rompiendo. Hemos estado escuchando historias de injusticia personal y pública, y de discriminación racial. Hemos escuchado el llanto de quienes han perdido a sus seres queridos debido a la violencia y la brutalidad. Nos ha entristecido la dureza de corazón mostrada por líderes que no pueden admitir su responsabilidad o ver los problemas sistémicos y los errores históricos que han alimentado las desigualdades sociales y la disrupción de comunidades durante generaciones.

Actualmente, la atención se centra en los Estados Unidos y en las protestas masivas derivadas del cruel asesinato público de George Floyd por parte de agentes de policía, el último de la triste cadena de incidentes similares. Pero las protestas se han extendido mucho más allá de los Estados Unidos porque los problemas profundamente arraigados del racismo y la injusticia no son solo problemas estadounidenses. La violencia étnica, el tribalismo destructivo, el castismo, el cruel maltrato y abuso de los inmigrantes, la discriminación contra los discapacitados, la esclavización de los vulnerables, la opresión de los débiles, el odio al «otro» y la glorificación de la violencia adoptan muchas formas. Este es un problema de nuestra humanidad pecadora.

El profeta Isaías describió al Mesías prometido como “varón de dolores, hecho para el sufrimiento” (Isaías 53:3). Cuando Jesús, el cumplimiento de esa promesa, resumió su misión en su ciudad natal de Nazaret, citó otra profecía de Isaías:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
por cuanto me ha ungido
para anunciar buenas nuevas a los pobres.
Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos
y dar vista a los ciegos,
a poner en libertad a los oprimidos,
a pregonar el año del favor del Señor (Lucas 4:18-19)

Jesús confrontó y expuso la hipocresía de los líderes religiosos y políticos de su época, que usaban sus posiciones de privilegio para su propio beneficio económico y para alimentar sus propios egos, mientras marginaban a los pobres y descuidaban las prioridades de la justicia, la misericordia y la fidelidad (Mateo 23).

Como líderes del Movimiento de Lausana y como fieles seguidores de Jesús, nos unimos a Jesús en solidaridad con los pobres, los cautivos, los oprimidos, los quebrantados. Queremos escuchar las historias de dolor, y no dar la espalda porque son demasiado difíciles de oír o porque exponen nuestras propias hipocresías y mentiras.

Afirmamos que cada ser humano está hecho a imagen de Dios y debe ser tratado con la dignidad que merece. Hay una única raza humana. Compartimos una humanidad común. Y el hermoso mosaico de colores de piel y etnias y culturas son parte del magnífico diseño de Dios para revelar su gloria.

Confesamos que cada uno de nosotros está roto de diferentes maneras. Cada uno de nosotros alimenta diferentes expresiones de arrogancia y prejuicio. Cada uno de nosotros ha sido culpable de crueldad, desprecio o injusticia en nuestras palabras o en nuestras acciones. Cada uno de nosotros necesita ser perdonado, y cada uno de nosotros necesita ser transformado por la obra expiatoria que Jesús realizó en la cruz. “Todos nosotros nos hemos extraviado como ovejas; hemos dejado los caminos de Dios para seguir los nuestros. Sin embargo, el Señor puso sobre él los pecados de todos nosotros” (Isaías 53:6). “Él es el sacrificio por el perdón de nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2).

Lamentamos, por lo tanto, el trágico racismo e injusticia sistémica exhibida en la sociedad estadounidense. Lloramos con quienes han sido personalmente víctimas de la discriminación y la violencia. Escuchamos en silencio a quienes intentan ayudarnos a ver nuestros propios puntos ciegos. Nos vemos desafiados nuevamente por las palabras del profeta Miqueas: «Ya se te ha dicho lo que de ti espera el Señor: practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8). Buscamos maneras de ser instrumentos de paz, reconciliación y justicia. Y nos comprometemos nuevamente a ser seguidores de Jesús, proclamando y demostrando que «ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).

David Bennett, Director Mundial Adjunto para Colaboración y Contenidos (EE. UU.)
Las Newman, Director Mundial Adjunto para Regiones (Jamaica)
Nana Yaw Offei Awuku, Director Mundial Adjunto para Generaciones (Ghana)
Michael Oh, Director Ejecutivo Mundial / CEO (EE. UU.)


Extractos de El Compromiso de Ciudad del Cabo II-B-2

“La diversidad étnica es el don y el plan de Dios en la creación. Ha sido arruinada por el pecado y el orgullo humanos, que han producido confusión, confrontación, violencia y guerras entre naciones. Sin embargo, la diversidad étnica será preservada en la nueva creación, cuando personas de cada nación, tribu, pueblo y lengua se reunirán como el pueblo redimido de Dios. Confesamos que a menudo no tomamos en serio la diversidad étnica ni la valoramos como lo hace la Biblia, en la creación y la redención. No respetamos la identidad étnica de los demás y no tomamos en cuenta las profundas heridas que causa esta falta de respeto a largo plazo”.

“Por el bien del evangelio, hacemos lamentación y llamamos al arrepentimiento allí donde los cristianos han participado en la violencia, injusticia u opresión étnicas. También llamamos al arrepentimiento por las muchas veces que los cristianos han sido cómplices en estos males con el silencio, con la apatía o la supuesta neutralidad, o brindando una justificación teológica defectuosa para tales actitudes”.

“Anhelamos el día en que la Iglesia sea el modelo de reconciliación étnica más brillante en el mundo y su defensor más activo en la resolución de conflictos”.

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